jueves, 12 de julio de 2018

Descubriendo el Pasado

                  Hacía unos días que se me venía cruzando la idea de buscar unos viejos portafolios que guarda mi Vieja arriba de un viejo placard. Ella ya no lo recuerda, tiene lo que han llamado un "principio de Alzheimer", que por suerte, nunca acaba de empezar. Y yo que cada tanto me agarran las ganas de digitalizar todos esos álbumes que guardan esos portafolios; pues este fin de semana me rescaté y los fui a buscar. Después del almuerzo me dispuse a revisarlos, estaba en compañía de mi esposa. Y como siempre sucede cuando comienzas a revisar viejas fotos, no haces nada más que ver una tras otra y conversar cálidamente sobre los recuerdos que despiertan. Apenas si digitalicé 3 o 4 que compartí inmediatamente en el grupo familiar de whatsapp y nada más. Estuvimos más de una hora revisando todo el material. Hasta que llegamos a unas viejas carpetas que tenían algunos documentos que yo jamás había revisado. Para mí sorpresa, eran documentos muy viejos que mi Viejo había guardado con mucho cuidado.

El asunto es que recordábamos con mi esposa una tarea que le habían encomendado a nuestro pequeño hijo hace un par de meses que consistía en averiguar acerca del pasado de la familia. Resultó que preguntando, un sobrino mío tenía guardada (y escaneada) la libreta de enrolamiento de mi bisabuelo, cosa que yo desconocía totalmente. 

Así, pude saber que mi bisabuelo nació en Chile en el año 1872, una fecha que uno está acostumbrado a relacionar solamente con hechos históricos contados en la primaria, fuera de ello, esos años no existen. Que el 10 de enero de 1933, día en que suscribe en su libreta de enrolamiento, portaba un dólar, era viudo, petiso y tenía 10 hij@s. Entre ell@s estaba mi abuela Elisa, la mamá de mi Viejo.

Yo no conocí a mi abuela, pero de tanto que me contó mi Viejo y de algunas fotos que me fueron mostrando en mi infancia, tengo recuerdos vívidos en mi mente, como si realmente la hubiera conocido. No recuerdo su voz, ni su rostro; pero la recuerdo en vida como si la hubiera conocido. Lo mismo me sucede con la zona donde creció mi Viejo, Paso Chacabuco. Lugar que fija como domicilio mi bisabuelo en su libreta de enrolamiento:


Recuerdo un casa blanca cerca del río. Una gran quinta cerca de la casa. Una alameda gigantesca que apenas dejaba pasar la luz del sol. Un arroyito que cruzaba el terreno hasta dar con el río. En la orilla del río, un bote que usaba mi Viejo para cruzar el río. Un cable de acero trenzado colgante que cruzaba también el río. Gallinas. La luz filtrada por los árboles. El sonido del viento agitando los álamos. El silencio de la suave pero peligrosa corriente del río. Es como una gran foto viviente, como un cortometraje. Parte de lo que recuerdo lo he soñado; creo que de allí su fidelidad.

El asunto es que más de eso, nada; yo ni siquiera había nacido. Nací en la ciudad, cuando ya mi padre se había mudado y su madre estaba fallecida. De su padre, lo único que siempre contaba y que yo nunca refutaba o indagaba, era que se había ido de joven abandonando a mi abuela. Cada vez que lo mencionaba —que eran muy pocas— se notaba que no quería referirse mucho al tema. Por lo que mi abuelo fue para mí siempre un fantasma. Hasta hace algunos largos años atrás. Vinieron de visita unas personas que decían ser herman@s de mi padre, por parte del abuelo fantasma, claro está. El viejo todavía seguía vivo y había venido de visita a la ciudad. Vivía en otro localidad de la provincia. Así que organizaron un gran asado y allí fuimos, todos mis herman@s y mis padres. Mi Viejo no había visto a su Viejo desde su niñez, y andaba en ese momento alrededor de los 70. Fue un flash toda la secuencia. El abuelo fantasma apenas si podía hablar, estaba muy viejito; pero pareció reconocer a mi Viejo, que lo abrazó y lloró a su lado. Nos presentaron a todos allí. De pronto teníamos tíos y tías "nuevas". Degustamos un rico asado y tomamos bastante vino, un gusto en el que TODOS coincidíamos profundamente. Luego de ese día, no lo volvimos a ver, pero atesoramos el recuerdo, y las fotos que lo atestiguan.

Pero volviendo, estábamos revisando esas carpetas del portafolio. Y lo que encontramos fue muy pintoresco. Unos documentos que databan de la misma fecha que figuraba en la libreta que hacía unos meses habíamos descubierto sin querer. En ellos se detallaba la adquisición de la tierra que después yo soñaría y recordaría cinematográficamente, 10 hectáreas en Paso Chacabuco. Que un vecino quería desviar un curso de agua, y desde el Ministerio de Tierras en Buenos Aires le aseguraban que no iba a quedar privado de ese elemento. Y que había adquirido unas 20 ovejas a 4 pesos cada una...




También —pero en otro documento que no registré con la cámara de mi celular en este caso— se dejaba registrada y autorizada para su uso una canoa llamada Don Pedro. Había algunos más. Como el que registraba la venta del terreno donde aún vivió mi Viejo y todavía lo hace mi Vieja; y algunos otros más pero no de relativa importancia para lo que cuento aquí.

Fue una tarde maravillosa. Reconstruir de alguna pequeña manera un pasado que a no ser por la tarea encomendada a mi hijo y el afán de digitalizar ciertos recuerdos jamás hubiera conocido seguramente. Nadie habla del pasado, parece una cosa muerta. Que en cierto sentido lo es, pero el pasado nos define en algún aspecto. Aquí hay un prejuicio enorme y horrible para con el pueblo chileno y todo lo que esté relacionado con esa patria cercana; y el saber que mis antepasados eran chilenos te coloca en una posición que obliga a meditar al respecto. No he sido criado en atmósferas xenófobas. Pensaba yo en una de esas noches donde no te puedes dormir y la mente divaga y te inventas diálogos en el orgullo de sentirme de estos lares de la tierra; porque del lado de mi Vieja, que tampoco se mucho, hay un pasado de abuelo gringo y abuela mapuche. Soy el resultado de una amalgama de pasados diversos. Enriquecido desde todos los aspectos (bueno, no es el caso de mi rostro, pero bueno). Es saludable conocer y conocerse. Gracias doy.

domingo, 8 de julio de 2018

Tanto el Diablo como el Amor habitan en los detalles



Es una de esas películas donde todo aquél que se sabe admirador del cine, y cuando decimos cine casi que nos referimos a una abstracción involuntaria de la que podemos dar definiciones incansablemente, puede darse el lujo de apreciarla y apreciarse como degustador. No es mi caso. Aunque puedo destacar la fotografía, la atmósfera reinante en gran parte gracias al aporte musical de uno de los integrantes de Radiohead, el trabajo de producción en cuanto a la ambientación y caracterización de la época y el juego de las cámaras; la sensación final es tan extraña como obviamente personal.

No es sobre moda. Ni sobre el amor. ¿O sí?. Pienso mientras hago una pausa que es una película que, de todos modos, está lejos de dejarte indiferente (eso en el caso de que veas sus dos largas horas de duración), puedes tanto decir que es alto bodrio o, como dije, darte el lujo de apreciarla y apreciarte como amante del ¿buen? cine. La sensación extraña a la que me refiero tiene que ver con cómo la relación entre ellos dos suscita cierta amargura en tanto y en cuanto el maltrato que, a través de la ya tan consabida y hasta quizás agotadora interpretación histriónica de D.D. Lewis somete al personaje de la bella y frágil Alma, Vicky Krieps, en este caso.

El artista egocéntrico, narcisista, el genio inalcanzable y arrogante que fácilmente incomoda a cualquier espectador. La candidez, la dulzura y la inmediata empatía por otro lado. La bella y el bestia de Reynolds Woodcock. Ella enamorada, él de a ratos, o no se, me equivoqué; no, ahora te amo en serio; no, eres el peor error que he cometido en toda mi vida, mejor cásate conmigo; odio esos pequeños detalles que me hacen despreciarte y hacerlo en frente de todos además; bésame niña mía; oh, cómo te amo. En una época donde la mirada de la mujer y hacia la mujer definitivamente nos cruza a todos, el personaje de Alma también es incómodo de ver. Alma, dejalo al pelotudo ese es el consejo que mejor se me ocurre a todo momento. Aún cuando en su epílogo el personaje es cubierto por un halo vengativo, redentor; ensayando un equilibrio que me atrevo a calificar de romanticismo tortuoso.


Tanto el diablo como el amor habitan en los detalles. A pesar de todo. Y de todos. ¿Suena esperanzador esto?. ¿Hay espacios de dos o tres segundos para que la chispa de la esperanza se encienda y con ello enmendar definitivamente el pasado?. Nada como cerrar la idea de un misterio inconcluso con preguntas o instantes inciertos.

viernes, 6 de julio de 2018

Qué cosa los noscritores!



Qué cosa la de ciertos noscritores!, 
se quejan de que no están inspirados para escribir!
se quejan de que no tienen tiempo!
Pero cuando se sientan a escribir un poco
ya no quieren dejar de escribir!
y se vuelven a quejar de que nos les alcanza el tiempo!
Pero se han sentado a escribir.
Que es como matar al tiempo.


Hallazgo de los Jueves

En un viejo quincho cuya parrilla está ahora mismo en proceso de restauración, encontré una caja corroída por el alcance del agua de la lluvia que se ha colado porel techo y la chimenea en lo que va de este otoño/invierno. Dentro de la caja: libros. Algunos míos que hace siglos había prestado a una de mis hermanas y otros tantos de ella. A saber: una vieja biblia que recuerdo haber ganado en un concurso de preguntas escritas sobre Ceferino Namuncurá en la primaria. Una edición de Más Platón Menos Prozac de bosillo adquirida en la plena adolescencia cuando el libro era best seller, uno de Ballard del cual no recuerdo absolutamente nada y otro títulos que obviaré por el tipo de lectura que frecuentaba mi hermana a la cual no adhiero.

Allí, casi intacto, casi al medio de la pila estaba Las Viudas de los Jueves. 


 Debo confesar que acostumbro a leer ensayos sobre política, política-económica, filosofía, historia, actualidad; y no recuerdo la última vez que leí una novela. Pero anoche (que no es anoche mientras escribo, pero aún....) abrí el libro antes de la 1 de la matina y no pude dejar de leerlo hasta las 05:30, que fue cuando lo acabé como quien acaba una tarea que acaba de descubrir y con la cual ha quedado profundamente maravillado. Inmediatamente uno se pregunta por qué la lectura de novelas no se ha hecho costumbre. La verdad es que en esta última etapa de mi vida —que no es realmente la última, me gustaría aclarar— he dedicado mucha más atención a la actualidad política y social de lo que leve e inocentemente podríamos llamar la realidad del país. A través de la lectura de aquellos diarios que con diferentes intereses dan su propia versión de esa realidad, algo de televisión en la misma épica y el repaso diario de la red social Twitter, donde las "noticias" tienen una personalización que las hace de alguna manera más digeribles. Por lo que, sumergirse de lleno y tan profundamente en la trama de Las Viudas de los Jueves fue una experiencia reveladora, de tinte casi infantil. El imaginario de cada detalle de lo que Claudia Piñeiro iba relatando con un ritmo cansioso y ameno se iba abriendo en mi cabeza como si me adentrara en un paisaje mental completamente diferente. La atmósfera de los personajes y la manera en que se distribuyen en la historia a través del orden de los capítulos puso a funcionar engranajes que revitalizaron la experiencia de la lectura que, como dije, no realizaba desde hacía un tiempo del cual no tengo yo memoria. El libro, además, tenía un fuerte olor a humedad y al sostenerlo había que ejercer una pequeña fuerza para poder leerlo con mayor comodidad, toda una lectura pintoresca, si se quiere.

Recordé en algún momento del libro que habían hecho una película. Al otro día la busqué. La encontré en una plataforma online donde podía verla desde mi dispositivo móvil (mediante una aplicación previamente descargada y donde ya estaba registrado) vinculado a la pantalla de la televisión a través de otro dispositivo conectado a su vez al mismo por intermedio de un cable USB; cosa esta que me sorprende cada vez que la pienso, cómo la tecnología ha ido cambiando a nuestra forma de consumir contenido audiovisuales. Así que a la noche me dispuse a verla. Todos sabemos (aún yo, que hace siglos no leía una novela, y muchos menos luego ver su adaptación al cine) que a la hora de encontrarnos con la versión cinematográfica tan diferente a la que nos hicimos mientras leíamos puede que sintamos cierta incomodidad; es tan lógico como difícil el empatizar con lo que vemos. Pero aún así y todo, le ponemos una onda, porque no somos amargos. En este caso, me gustó como ciertos pasajes que la prosa se encargaba de detallar profusamente eran ajustadamente contados en un par de líneas de diálogo. Lo más difícil es, seguramente, asimilar el rostro de los actores con los personajes creados por nosotros a través de nuestra siempre cinematográfica imaginación; y más aún cuando el rostro de esos mismos actores y actrices son reconocidos de otros personajes de otras películas donde los hemos visto actuar. Pero, como dije, le ponemos onda.


Bueno. No tanta en mi caso. Porque tenía sueño de la noche anterior, que había estado en vela leyendo la novela. Así que sólo alcancé a ver media hora. Y con eso alcanzó. Como sea, si se encuentran con la novela, leanlá.

sábado, 14 de abril de 2018

Todos quieren mi Montaña

El nombre Renan Ozturk lo recordaba de otros documentales que había visto con gran asombro y satisfacción, a saber: Sherpas: Héroes del Everest y Into the Mind. Ambos con una poética visual que yo nunca había visto, una manera de ver la montaña única, pero con la cual me sentía profundamente representado. A través del prestigio de ese nombre es que el año pasado intenté sostener en la memoria el tráiler de este documental que iba a estrenarse varios meses después: Mountain, así lisa y llanamente. También participa William Defoe aportando su voz a la narrativa.


Finalmente, estuvo disponible para su descarga (verla en el cine por estos lares es una utopía); pero pasaron un par de meses casi hasta que también estuvieran disponibles subtítulos en español. O al menos hasta que yo diera cuenta de todo esto. Hoy a la mañana bien temprano, pasadas las 7 y luego de la preparación de un rico café me dispuse a verla, damas y caballeros: es FANTÁSTICA.

Las imágenes poseen una espectacularidad indescriptible, el texto es sobrio, poético, concreto y en la voz de Mr. Defoe cobra incluso mayor relevancia. Una oda no sólo a las montañas en sí, sino a lo que las montañas producen en nosotros; y un detalle significativo (aunque resulta un breve pantallazo con respecto a lo largo de la película) son los versos dedicados a los centros de ski y las ascensiones multitudinarias al Everest (una problemática tratada en Sherpas: Héroes del Everest).

Pero la música.
La música es la que consigue elevar cada frase, cada toma a un nivel superior.

No se lo pierdan. Ni tampoco los otros que mencioné.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Electro in-the-pendiente

 
Me llevo muy mal con la electricidad. 
Siempre he preferido las tareas que 
hacen al mantenimiento de un hogar 
que no tengan que ver con ella. 
 
Me produce aversión, 
desde que tengo memoria, 
allá en la adolescencia 
cuando de verdad adolescía 
en las clases en la escuela técnica. 
 
Por más que me esforzaba, un rechazo casi físico 
me impedía aprender los conceptos y la terminología; 
no había ni hay ni habrá manera alguna 
de familiarizarme 
con todo lo que tenga que ver con la electricidad.
 
Y eso sin contar que 
casi siempre me he considerado un verdadero inútil 
para la mano de obra. 
Todo lo que me ha tocado hacer 
siempre ha sido fruto más de 
la intuición 
que de la investigación 
o el aprendizaje. 
O de un tutorial de Youtube.

Gracias. Ya me siento mejor.


Mon Amour

Llegué cansado a media tarde. Además había trabajado de noche y estaba fusilado. Me pegué un baño y me recosté. Pensé en dormir como un campeón. Pero no. Estaba conectado el Chromecast, así que colgué a ver las notificaciones de Youtube. Drexler había subido video nuevo: Asilo se llama la canción. Canta con una mujer que yo desconocía totalmente. Se llama Norma Monserrat Bustamante Laferte, es chilena pero vive en Mexico; y los millones que la conocían antes que yo la conocen como Mon Laferte. Alguien acertadamente comentó debajo del video, y cito: "Hermosa canción, sus voces como balancéandose en un baile!". Eso es. Lo fusilado no estuvo más, tampoco el sueño, nada. Tenía que escuchar yo más esa voz.

 
 
Sugiero que si no la conocen, hagan lo mismo.

lunes, 19 de febrero de 2018

Lo que me jodía era la panza....

Lo que me jodía era la panza, y sobre todo en los partidos de fulbito con los amigos cada jueves: corría dos pelotas y ya no daba más. Si bien todos andamos ya en la misma, a mí me empezó a molestar; y por qué no, a preocuparme. Me empezó a dar vueltas en la cabeza el tema, como siempre cuando algo me sumerje en la perspectiva de la finitud. Hasta los 10 años, vivimos la inconsciente imortalidad ante la atenta mirada de nuestros padres, hasta los 20 la cosa es más o menos igual, pero somos apenas "conscientes" de esa inmortalidad aunque nos llevemos el mundo por delante. De los 20 a los 30 todo puede pasar (antes también), pero ahora somos concientes más de nosotros mismos y uno empieza a observarse hacia al futuro, comienza a percibirse el tiempo de modo lineal. Es una pena eso, pero bueno, nos toca la percepción occidental, que se le va a hacer. Pasados los 30, puede que hayas encontrado alguien con quien pasar ese tiempo, y que tengas hijos, que es el meollo del asunto que me he puesto a vertir aquí. O no, pero bueno, que el escribe soy yo.

Que he pasado los 40, y mi hijo vive su inmortalidad ante mi atenta mirada y la de mi esposa. He perdido a mi padre de un cáncer que padeció durante tres largos años. Mi madre transita sus útimos años debido a otra enfermedad no menos maligna, que se la va a llevar a su debido tiempo. Y en el medio de todo siempre me pregunto: ¿será posible ahora en la mitad de mi vidadonde la esperanza de vida se remonta a los 80 años — si es que me esperanzo tanto en vivir, pueda realmente comenzar a preparar mi cuerpo para que la decrepitud no me ataque tan ferozmente y así poder disfrutar, no sólo de mi vejez, sino de cada década citada de mi hijo?. El futuro, en sí, no existe. Pero eso es hoy, y es muy cierto. ¿Pero si dentro de 30 años estoy arrepentido de no haber hecho lo que estoy haciendo ahora?......... pero, ¿y qué es lo que estoy haciendo ahora?. Pues he comenzado a cuidarme.

Comencé un proceso personal, por ahora, alejado de los consejos médicos; que seguramente ya vendrán. Prefiero por ahora enfocar mi cabeza y mi espíritu en sí mismos. Hace tres meses atrás comencé a salir a correr. Que es un decir, fue simplemente llevar un paso detrás del otro a una velocidad que no me provoque un ataque cardíaco. Aprovechando la tecnología, me ayudo con una aplicación en el celular que mide la distancia, la velocidad y mucha otra data. La primera vez corrí en circulos, en un velódromo, hice 3.28km en 20 minutos. Casi muero. Desde allí fui regulando —con el consejo de mi esposa, quien corre desde hace muchísimo tiempo más que yo— el paso, y aumentando semana a semana la cantidad de kilómetros. Ahora, lo normal es salir y correr 45 minutos, pueden ser 6 o 7 kilometros, depende del lugar. He aprovechado tardes de verano, a la hora del crepúsculo, para llegar a concretar la primer meta que me impuse cuando comencé: 10km.

10 kilómetros fueron los que corrí en una "carrera" en la que supe que me inscribiría al término del primer mes de haber empezar a correr. Fue hace un par de semanas, toda una experiencia. Que me ha motivado a continuar, además. He leído por allí que correr está de moda, que mucha gente está comenzando a hacerlo; y es que una vez que empiezas y te sientes motivado, creo que es difícil dejarlo. Porque tiene un elemento muy simple, te hace sentir bien. De maneras primitivas tal vez. O naturales. Ejercitas el cuerpo, y eso produce cambios, al generar endorfinas. Es inevitable sentirse mejor. Y quieres más. Porque el tiempo no sólo lo percibimos lineal, sino que la línea además es finita. Quieres más porque sabes que darle cierta plenitud a tu cuerpo generará cambios en tu manera de pensar, de ver, de sentir; y que posiblemente haya mucho camino por recorrer, entonces por qué no adecuarse para ese camino, que además nos va a castigar de una u otra manera?, y todo, porque lo que me jodía era la panza. Nada mal, eh. Bueno, la panza todavía sigue allí, ese es otro tema a tratar; mientras tanto, dale que va.


jueves, 11 de enero de 2018

(Des)Orden del Tiempo


Los finales de año suponen un desorden de la idea del tiempo. 
Por un lado, 
aquellos que pueden planean las posibles vacaciones de verano, 
lejos de casa, 
en un sitio más bien caluroso, que tenga mar. 
Por otro lado, 
la cosa todavía no termina, 
hay exámenes finales, y otras cuestiones que se le parecen 
siempre desde la perspectiva de lo terminal.
Uno está yendo y viniendo por las noches,
 o en esos momentos donde la mente se pone en pausa,
se imagina en la playa, y al segundo siguiente 
recuerda el temario del examen de matemática ese lunes. 

Comienzan a apresurarse las ganas de que el año por fin termine; 
por lo que debe finalizar 
y por lo que ¿viene?, 
 el estado de ánimo establece batallas diarias; 
cansancio, ansiedad, un poco de desaliento.

Pero luego han pasado un par de semanas
y todo eso se ha ido bien a la mierda
y tal vez no estás en la playa
pero todo aquello se ha ido a la mierda.

Y en otras semanas más
habrá que empezar todo de nuevo.
El tiempo se ordena, 
que los parió.

Feliz 2018. ¿Feliz?
Bueno, que la órbita elíptica los trate mejor.


domingo, 5 de noviembre de 2017

¿Los Años Difíciles?

He aquí una serie de videos muy interesantes que he traído hasta aquí porque a su vez me he sentido sumamente atraído hacia la idea que se plantea; del amor que se tiene por aquello que fuera de toda pomposidad se hace por el simple placer de hacerlo. Tal vez las preguntas que surjan tengan que ver un poco con las expectativas que uno tiene sobre aquello que hace en mi caso, sentarme cada tanto a amontonar palabras sin más que la compañía de música, unos mates y esta lluvia matinal un domingo de noviembre sin tener la menor certeza de si acaso alguien está leyendo esto que ahora escribo— y con la relación emocional que tenemos todos indefectiblmente con la conectividad como el gran telón de fondo.  

Sugiero que los vean, además tienen subtítulos en español:


 
   

domingo, 8 de octubre de 2017

Yo?

Momentos en donde mi yo se desdobla, una situación de una elasticidad metafísica ceremoniosa, donde un pensamiento profundamente pesimista sobre ciertas cuestiones inherentes a la cotidianeidad de los pensamientos y las acciones pareciera ganarle progresivamente a la razón.

Luego una pronta sensación conciliatoria supera ese estiramiento 
y la tensión se equilibra.

Pero hay un placer que en el medio se niega a ser relegado por una simple decisión, 
o por un hartazgo selectivo, si acaso existiera tal tipo de hartazgo. 
O tal placer.

Y hay un sentimiento que es fructífero desde toda perspectiva, pero sin embargo en derredor se manifiestan otros actores que nublan la razón de esos sentimientos.

Para volver a ser yo nuevamente mientras estaciono el auto, por ejemplo.


Poema Del Miocardio

Hay corazones puros.
Hay corazones de chocolate.
Hay reinas de corazones.
Hay trasplantes de corazones.
Hay enfermos del corazón y corazones enfermos.
Hay operaciones a corazón abierto.

Hay piedras con forma de corazón y corazones de piedra
Hay bombones con forma de corazón y corazones que son un bombón.

Hay corazones que se forman con los charcos de la lluvia y
hay lluvias que te alegran el corazón.

Hay invitaciones a casamientos con forma de corazón.
Hay recetas para hacer con corazón y pulpas de frutas a las que llaman corazón.
Hay abuelas que llaman "corazón" a sus nietos, y también a sus hijos.
Hay cajitas y latas con formas de corazón.
Hay corazones helados y helados con forma de corazón.
Hay millones y millones de adornos que tienen de una u otra forma
la forma de un corazón y millones y millones de formas
de alegrarle o entristecerle a alguien el corazón.

Hay corazones que se donan.
Hay ataques al corazón.
Hay un "Ay, Corazón" en cientos y cientos de alegres canciones
y canciones que te parten el corazón.

Pero si hay un corazón que importa de veras
es el tuyo.
Cuidalo, corazón,
que es el único que tenés.






El cine bonito que estás viendo

Suelo ponerme extremedamente dubitativo cuando entro a Netflix, me jode un poco que no tenga la opción de ver el trailer; con lo cual la tibieza de las sinopsis parecen embaucarte un poquito más de lo normal. Y si hablamos de películas "de terror" podemos decir y afirmar también que uno jamás debe dejarse llevar por el poster, pero algo en la búsqueda por cierto apresurada de anoche me hizo decidirme por I am the Pretty Thing that Lives in the House. La imagen que acompañaba la sinopsis tenía una carga magnética de misterio que no pude evitar:


Debo decir que la búsqueda en Netflix las realizo desde la pantalla de mi celular. Tengo instalado en mi televisor LCD un pequeño dispositivo denominado Chromecast que me permite vincular mi celular (o cualquier dispositivo con Android) a través del wifi y proyectar en la pantalla del TV lo que se que ve en la aplicación previamente bajada al teléfono. Por lo que la imagen, dado que la ví primeramente a través de la pantalla del celular, me cautivó más. ¿Qué por qué?. Bueno, no lo se. O sí, pero ese es otro asunto.

Cuando uno se dispone a ver una película "de terror" sabe que va a encontrar ciertos clichés, o todos los clichés. Si bien alguna que otra vez alguna logra sobresaltarnos, con recursos que seguramente conocemos (pero aún así), nada escapa a la percepción final. Y es gratificante cuando una película escapa airosa y nos llama poderosamente la atención a medida que transcurre. Es el caso de I am the Pretty Thing that Lives in the House.


Doblemente cautivado me sentí cuando la protagonista, pasados apenas unos minutos, mira fijamente a la cámara mientras su voz en off recita con tono enigmático lo que parecen ser las líneas de una carta, quizás un libro. Ese tono enigmático dominará no sólo las líneas sino los planos fijos y los acertados movimientos de cámara que crearán desde la imprevisibilidad misma que logran momentos de exquisita tensión. Silencios prolongados, contemplación de la oscuridad, una película con un ritmo diferente, una exaltación a la lugubridad.

La historia es modesta: una enfermera, una anciana moribunda, una casa, y obviamente, un fantasma. Pero la efectividad en el uso de la cámara con un timing certero (y una iluminación escasa) se llevan el protagonismo de la película, la historia se cuenta con una cinematografía muy personal. Podemos sumar el clima literario, dado que uno de las personajes, la anciana, es escritora. Y otro, el —en este caso— la fantasma, quien es el personaje de uno de sus libros; por lo que el tono de lectura o recitado nos envuelve en un atmósfera muy particular.

Una grata sorpresa la película, sobre todo cuando uno no se lo espera en lo absoluto. La recomiendo para aquellos que gustan de experiencias distintas a lo que el género suele entregar.

domingo, 13 de agosto de 2017

Detalles Suspensivos

Sospecho que este año es un año que si el tiempo ha sido gentil conmigo y tenga acaso la lucidez de mirar hacia atrás más adelante, es un punto de inflexión en la reflexión siempre final del paso, justamente, del tiempo. La conciencia, el estado de conciencia de los días y el pasado que en algunos días se hace tan presente como muestra del camino que se transita hasta en los más pequeños detalles. Estaba esperando en el auto cuando sonó el celular y cuando lo saqué para mirar noté cuánto me costó poder leer correctamente, fue un acto instintivo que me sorprendió; y hasta tuve la certeza de que fue algo que sin dudas me había ocurrido con anterioridad, pero que no había dado real cuenta del mismo, como si hubiera estado en un estado de negación. Guardé en el más absoluto silencio la situación durante algunos días hasta que por fin lo comenté, cuando ya había pedido cita con el oftalmólogo. El resultado: presbicia. Ni siquiera había escuchado nombrar alguna vez esa palabra. El tipo me atendió como un verdulero, me despachó brevemente, pero siempre respetuoso. Claro, el asunto de la presbicia es un asunto común, al parecer. En menos de 10 minutos ya tenía en mis manos un papel con el cual debía yo adquirir un par de lentes, el mismo par de lentes que uso ahora mientras escribo. Lo que sí, me tomó casi una hora decidirme por el marco cuando fui a la ótpica. No es una decisión que se ha de tomar a la ligera, creo yo.

La verdad es que pensé que nunca iba a tener que usar lentes. Hasta hace algunos años atrás, mi vista era privilegiada, según un doctor. Pero este otro hizo añicos esa seguridad, y otra verdad es que esto no ha sido una situación que haya suscitado algún tipo de drama. ¿Por qué debería?. Bueno, sí, porque de hecho estoy escribiendo al respecto, dirá usted. O no, que esto no es más que un hecho descriptivo en esta bitácora de viaje. 

Lo que quiero decir es que son los primeros pasos hacia un tiempo nuevo, donde el cuerpo comienza un proceso de decrepitud inevitable, y eso en definitiva, nos da una perspectiva también nueva de todo. Hay una mirada mucho exahustiva cuando uno se pone frente al espejo y algunas señales comienzan a hacerse visibles más en la vorágine de pensamientos que en la fotografía diaria antes de cepillarse los dientes. Esos pequeños brillos que se traducen en pequeñas canas, por ejemplo. Pero es un detalle. Que ni bien lo pones en palabras frente a otros, te das cuenta que eres tal vez el último que lo ha notado. Y comienzas a hacer planes. Porque si todo va bien, todavía falta. Lo jodido es no dejarse llevar por la tristeza. Es el gran desafío, claramente. Lo bueno es que empezar a ponerse viejo trae consigo el peso de lo vivido y ese peso significa firmeza en desveladas horas de introspección; cada vez son menos las dudas y las certezas tienen una cordialidad que parece que te abrazan un poco el alma. Una vez escuché un tipo en la radio que dijo y nunca lo olvidé: la experiencia es un peine que te da la vida cuando te quedás pelado. Puede ser. A veces pienso que me hubiera gustado tener esta nueva facilidad para aprehender nuevos conocimientos cuando fui joven. Es cuando empiezan las preguntas inútiles, el ¿qué hubiera pasado si?. Agraciadamente, cuando por fin comprendes que no hay otro tiempo que importe más que el de hoy, esas preguntas se desvanecen como una música que se aleja, como un texto al que sabes que puedes darle mil vueltas más, pero que debes ponerle un punto final, porque la vida sigue.




sábado, 8 de julio de 2017

Lo que llamamos Cielo

El cielo es la patria y el exilio de los que sueñan.
El consuelo del abismo en la diaria cornisa del mundo
espejo de los suspiros, eco silente de maldiciones, refugio secreto,
un país de emociones que se rebelan en constante cambio.

Vereda vieja, esquina de los anhelos. Somos cielo vos y yo.
Y usted.
 Y aquél.
Y la señora que compra y se queja 
y los pibes que pedalean en bicicletas de algodón en un mar de soledades 
pintado en ólea y ceremoniosa combustión.

El cielo es la matriz de los poetas, 
el paraíso de la ciencia, 
la infantil morada de los conformistas, 
la ecuación de los días, 
la elegancia del velo, nostalgia, inspiración y vuelo.

Es cielo el final de la jornada, el matecito de la mañana,
la complicidad de la madrugada, el desvanecimiento total de las distancias
la infinidad salvaje y descontrolada; 
la risa cordial de Doña Amalia

y el silencio que rompen los zorzales al alba.

jueves, 6 de julio de 2017

Un Ciego guiando a los Ciegos

Andaba yo en la búsqueda de documentales para ver. Uno se cansa a veces de las películas, y sobre todo de la televisión. Y los temas que se tratan en los documentales de televisión no siempre son tan interesantes y hasta resultan repetitivos en su temática y oferta. Notes of Blindness la encontré como quien encuentra algo que intuye puede llegar a ser interesante, al fondo de algo, en el momento aquél donde la búsqueda ha perdido ya casi todo su interés. Apenas si recuerdo mientras escribo....qué fue lo que leí en la breve sinopsis que acompañaba la imagen del póster. El asunto finalmente no pasaba de un hombre, y su ceguera. Y con ello me bastó.

Unos días después, una tarde luego del trabajo, sin nada qué hacer, me saqué el calzado, me eché cómodamente sobre la cama y en el silencio y la soledad momentánea de mi hogar, me dispuse a ver el documental.

La gratísima sorpresa es desde el mismo comienzo, cuando con fondo negro me explican de qué se trata. Son audios, cassettes, donde se escuchan las cavilaciones de un profesor de teología que debido al desgarro de la retina, va progresivamente perdiendo la visión hasta quedarse completamente ciego.



El hombre habla pausado, con cadencia poética y una dicción de docencia, experimentada. Es sumamente agradable escucharlo, a pesar de referirse con profunda tristeza e indagación a su condición trepidante. Sus palabras son acompasadas por una cinematografía maravillosa. Hay un actor que lo representa, también a su esposa, sus padres (vagamente), y sus hijos. Todas las escenas son interpretadas con gran belleza y elegancia, con mucho acierto. Los actores no dicen todo el texto, apenas se sincronizan en breves pasajes, como afirmando. Los cuadros están cuidadosamente pensados y filmados, la luz es protagonista absoluta también, con su respectivo juego de sombras. La fotografía es exquisita.






Lo recomiendo fuertemente, hasta me gustaría obligarl@s a verlo. Yo me lo he guardado con afecto, para echarle otra mirada más adelante, porque realizaciones tan profundas y sentidas, que hacen que conectes todos los sentidos mientras las ves, deberían verse (y ojalá realizarse) cada tanto.

martes, 4 de julio de 2017

Mientras tanto

Es un camino pesado y doloroso
el cual yo 
sólo pude recorrer
gracias 
a tu dulce y saludable compañía.

Es por eso
que te ofrezco mi propia compañía
ahora y cuando comience 
tu propio, 
pesado 
y doloroso camino.




sábado, 24 de junio de 2017

500

Por aquella época había comprado recientemente un televisor de 21" y un reproductor de DVD. Vivía solo (aunque almorzaba en casa de mis padres), tenía un poco más de una veintena de años. Me gustaba (y todavía hoy) mirar muchas películas, ya incluso desde la época de los VHS. La tienda donde alquilaba no quedaba muy lejos, pero de todos modos, iba en auto: un Fiat 128 Super Europa azul, una máquina. Hacía poco que también había empezado a conducirlo, así que cuando salía y debía ir a un lugar en concreto daba algunas vueltas para tratar de dejarlo estacionado cerca de las esquinas, donde no tenía que hacer muchas maniobras ni para estacionar, ni para salir.

Así fue que conseguí el particular lugar a dos cuadras de la tienda donde había ido a alquilar un par de películas. Me bajé, y en el movimiento veo sobre el esfalto un papel de forma rectangular. Reconozco inmediatamente el rostro de Benjamin Franklin impreso. Lo alzo pensando que es una de esas invitaciones a cumpleaños que si girás te encontrás con los datos donde será la fiesta; y lo pensé porque hacía poco había recibido una invitación así justamente. En esos segundos entre que ví el papel y mi mano lo tomó finalmente jamás se me pasó por la cabeza la idea de que el billete fuera real. Pero así lo era. Un billete de 100 dólares tirado en la calle, justo debajo de la puerta de mi Super Europa azul, mi máquina. Cuando cierro la puerta del auto finalmente, distingo que cerca...


...hay otro. 


 Y cuando me acerco para alzarlo, más cerca de allí todavía, 
prácticamente debajo del auto, hay otros 3 billetes más. 

Y son todos de 100.

Me siento un poco abrumado por la ¿suerte?, por la situación. Recojo apresurado todos los billetes con gesto corporal fingido, como si se me acabasen de caer (?). Me los guardo en el bolsillo y ensimismado me dispongo a cruzar la calle, no sin el creciente temor a que se me acercase corriendo el supuesto dueño del dinero, que había podido verme mientras recojía el dinero y aliviado me llamaba para su devolución. Pero eso no pasó. Después de haber cruzado la calle, miraba de reojo y el corazón galopaba. La vista firme al frente, nervioso pero inmutable. Caminé toda una cuadra hasta llegar a una esquina, desde donde ya podía ver la tienda de alquiler de películas. Y mi auto. En esa esquina, todavía al día de hoy, hay un quiosco. Entré a comprar unos caramelos. 

Cuando salí, me quedé parado quitándole el envoltorio a uno de los caramelos mientras lentamente dirijía la mirada hacia donde estaba estacionado el auto. Con la falsa esperanza de distinguir en la distancia la figura de una persona buscando precisamente el dinero. Pero no había nadie. Todos los transeúntes iban inmersos en sus propios mundos. Aún así, me quedé por espacio de unos 15 minutos. Me comí algunos caramelos, y con el ritmo cardíaco un poco más bajo, caminé por fin hasta la tienda de alquiler de películas. Allí estuve otro buen rato, posiblemente una media hora. Una vez retirado del lugar, me detuve otra vez en la esquina del quiosco. Y me quedé otro rato más. Tampoco había señales de personas que hubieran extraviado algo cerca. Así que fui hasta el auto. Los últimos metros, otra vez el corazón casi que se me salía del pecho. El temor de la sorpresiva aparición del dueño del dinero. 

Si antes de haber entrado a la tienda de películas hubiera visto y sentido que una persona buscaba con desesperación, creo que me hubiera acercado con el dinero. Todos los billetes eran correlativos. Y eran bastante nuevos. Como recién sacados del banco. Imaginaba que la operación había sido realizada por alguna necesidad.  Pero otra vez, nadie. 

Así que me subí el auto y conduje hasta mi casa. Y cuando entré, estaban mi padre y mi madre sentados alrededor de la mesa mirando la televisión, era un día sábado recuerdo. Les conté inmediatamente lo sucedido. Con emoción. Ellos no lo podían creer, observaban y tocaban los billetes como si resultasen falsos. Pero no. Me había encontrado 500 dólares tirados en la calle.

Allí nomás, le di US$100 a mi madre y US$100 a mi padre. No los querían aceptar, pero insistí, y finalmente los aceptaron. Con los US$300 restantes, al otro día fui a una tienda de instrumentos musicales y me compré una Fender Stratocaster, algo que siempre había querido. Que con el tiempo, y por esas vueltas de la vida, me la robaron. Lo que fácil viene, fácil se va solía decir mi Viejo; pero esa..., es otra historia.

miércoles, 14 de junio de 2017

Dos Minutos Antes

Cebado con el aura que me quedó después de ver Paterson, tenía que ir a comprar algo para llevar al trabajo y luego retirar a mi hijo del colegio. Con todavía las imágenes de la película dándome vueltas en la cabeza, y abstraído totalmente por efecto refrescante que me produjo, me sentía sumamente receptivo. Ya conduciendo y observando, luego hubo que caminar algunas cuadras, entrar a un supermercado y finalmente regresar al auto. Una vez sentado, escribí unos versos en el celular:


Me gustan los días donde
las nubes cierran filas
y los zorzales
anuncian lluvia.

Toda la acústica urbana
que de pronto parece 
lejana.
Y tenemos sopresiva 
conciencia de ser esta vez
el eco.
Y los pensamientos
que se desvanecen como tal.

Hay un zorzal sobre 
un manzano 
y otro al final de un poste de luz
sinfónicos, acompasados,
firmes.

Yo
me quedo en el auto
porque he sido demasiado meticuloso
con el tiempo
para lo que debía hacer,
tanto
que ahora me sobra 
como si acaso sobrara
alguna vez,
como si acaso
existiera 
el tiempo.

El sonido trasante 
de los automóviles
el ensimismamiento de los
transeúntes solitarios
la risa cómplice de tres amigos
un perro que ladra 
a la distancia,
eco también
pero sin saberlo.

Me gustan los días así
cuando lo imperceptible
se amplifica y recién
ha comenzado a llover
dos minutos antes
de terminar de escribir
unos versos. 

A lo Paterson

Con el ritmo de alguien que dicta un texto que va ser escrito a mano es que Paterson te mantiene absorto y atento. El tipo escribe (así su) poesía. Vive con una morocha divina y todos los días se levanta a la mañana para ir a laburar, es chofer de bondi. La película se desarrolla en el transcurso de una semana, empero suspendida en la contemplación de la cotidianidad ordinaria (y extraordinaria) de cada día. 
 He allí la escencia, en el instante, en la eternidad del instante y absorver para luego decantar en versos (escritos a mano, en un cuaderno). Toda esa atmósfera está presente durante todo el metraje y todo gira —obviamente— en torno al personaje. A quienes gusten de la poesía, les va a gustar; o diré más, creo que está dirigida hacia ellos. Pensaba yo que quienes no tengan relación alguna con la poesía, tal vez se aburran como un burro. Pero, conjeturas: aparte.

Hay una pequeña gama de personajes que tiene relación rutinaria con Paterson. Cada uno de ellos parece escapado de alguna obra de teatro para darle ¿color? a las horas nocturnas de su tiempo libre. Hay una sencillez decididamente marcada con respecto a esto, y otra vez la cita de la cotidianidad, los temas comunes que usted y yo podríamos conversar con el tipo que nos sirve una cervecita en el bar de la esquina todas las noches, o esas amistades que no son tan frecuentes ni tan amistades. Es echar un vistazo a pequeños submundos.

Un tratado de la soledad acompañada.

sábado, 10 de junio de 2017

El Ispa

País.¿Qué es un país? ¿Hasta dónde llega un país? ¿Desde qué lugar (de un país) podemos referirnos con autoridad y hablar del país?. Como si ese lugar fuera todos los lugares, y en todos los lugares del país ocurriese lo mismo. Lo bueno, lo malo, lo dantesco, lo maravilloso del ser humano argentino. Viviendo a casi 2000km de la capital de mi país, donde a través de los grandes medios de comunicación se nos vende la idea de país; suelo escuchar o leer testimonios o declaraciones con una liviandad asombrosa acerca de lo llaman país. De tanto repetir la palabra, se desvaloriza profundamente, y lo lamento.

Este país está surcado por diferentes geografías muy disímiles entre sí. Tiene una verticalidad además, que hace que las corrientes atmosféricas distingan a cada zona con un clima único y particular. La lejanía de muchas de las provincias con la capital y su lógico desarrollo ha relegado de alguna manera el carácter de cada provincia. Todos estos factores (y muchos más, obviamente) manifiestan una marcada influencia en el ser y hacer de sus habitantes. Sus formas de hablar, su manera de expresarse, su cultura, etc. Si bien los argentinos tenemos una idiosincracia que nos une desde una raíz muy compleja, siempre ha habido un claro contraste —en el imaginario colectivo— entre quienes viven en la capital y los que NO viven en ella. De allí que a los que no vivan en la provincia que acoge la capital se nos llame "el interior" o "del interior"; de hecho si uno mira el mapa puede verse a la provincia de Buenos Aires como una protuberancia hacia el mar. Tal vez por eso el resto es diferente, es otra parte, como añadida. Ha habido desde siglos pasados una mirada despreciativa hacia todo lo que no fuera la capital: en aras del desarrollo histórico, la zona desde donde yo escribo estaba llena de bárbaros, a los que había que degollar para ahorrar balas, sólo por poner un ejemplo. Esa mirada ha perdurado en un nervio muy profundo, aunque ahora lo despreciado esté a algunas cuadras, donde los bárbaros se aglutinan en villas o barrios carenciados. Allí también late el corazón abstracto de un país.


A través de las frases repetidas, las historias contadas por años, de generación en generación, los contrastes trascienden y volvemos a empecinarnos en repetir las mismas frases y las mismas historias. Desde cierto desconocimiento absoluto, el argentino por lo general toca de oído, pero toca todo. Este país es una mierda— se puede escuchar, imagino, en cualquier parte del país. Las injusticias características de una sola persona en una situación muy en particular justifican de manera inobjetable que todo el país sea una mierda. Hay que ver que pueden haber situaciones que el habitante más lúcido y objetivo tiende a perder todo juicio de razón sobre lo que es posible ver en este ¿país?, eh. Pero lo que vemos y escuchamos por lo general es una idea que se construye en el imaginario colectivo a través de los medios de comunicación, sobre todo, lo que vemos en la TV. Si hay algo que nos une a los argentinos, es la TV, y nos une a la misma hora y en el mismo canal, muchas veces. Y la TV, se hace en la capital del país. Cierta argentinidad abstracta se crea y se digiere a través del eco de lo expresado en los medios: sean noticieros con miradas obsecuentes, series donde los actores (directores, guionistas, realizadores) intentan reflejar a su vez el imaginario colectivo, la idiosincracia desde una historia de ficción, documentales y, decididamente, programas de entretenimiento.

No tenemos idea de país. A mí me gustaría viajar y recorrer todo lo que pueda de mi país. Si viajar enseña, imaginate viajar y conocer las diferentes regiones y gentes y realidades de tu propio país. Ojo, que yo he viajado algunas veces a la capital y mi experiencia (pequeña) no fue muy buena. Cuando sos "del interior" estás a otro ritmo. Se vive a otro ritmo, y eso que es el mismo país. Y el del interior posiblemente guarde los mismos vicios (por no llamarle rencor) y se refiera a los de la capital con el mismo desprecio. O acaso no son todos "porteños"?. Somos brutos. Somos todos bárbaros, je. Hablamos desde un desconocimiento casi total. Una simple idea nos da la anchura intelectual para referirnos a todo con una autoridad sinigual. Es un error, creo yo. No creo que este país sea una mierda. Creo que hay gente de mierda, como en todos los países, el problema es social, es cultural, es humano. La falta de moderación y de respeto son enormes. Estamos cruzados por una crudeza voraz que a su vez nos hace vanagloriarnos de actitudes incomprensibles. Somos el eco de nosotros mismos y lo que repetimos con arrogancia y sometimiento rebotando en una latita vacía de paté en la oscuridad de los tiempos. Somos un cliché. Este país se va a la mierda.


miércoles, 7 de junio de 2017

LIFE: otro octavo pasajero

 

Voy a animarme a decir lo siguiente, sabiendo que puede resultar para algunos una exageración, o una osadía; o una estupidez: LIFE es la posibilidad de volver a sentir una tensión magnífica como no era posible desde ALIEN: EL OCTAVO PASAJERO. ¿Es una copia? ¿Acaso un homenaje? ¿Cuántas películas son hijas desconocidas de la saga ALIEN?. Una tripulación a bordo de una nave en el espacio exterior es sometida al acecho de una criatura tan letal como desconocida. Claustrofilms que a veces funcionan por mérito propio: pocos. LIFE es definitivamente uno de ellos. O el único tal vez, una excepción a la regla —¿cuál regla?— no lo se, es un decir.

De los rostros rutilantes del firmamento de Hollywood y al menos en mi caso, son reconocidos los de Ryan Reynolds y el casi infalible Jake Gyllenhaal; el resto todos desconocidos, lo cual no me parece un dato manor, ya que creo que la poca familiaridad que se tenga con el rostro o el prontuario fílmico de los actores tiene que ver con la relación que se crea con el personaje que cada uno interpreta, y con ello la impresión que el espectador tenga mientras transcurre la historia en la pantalla. Está el caballero samurai de 47 Ronin también ahora que pienso.

A propósito de la historia, el hecho de construir el drama a partir de la posibilidad de vida en Marte no es ni un hecho ni una posibilidad lejana de estos tiempos. No es lo mismo que enviar una misión para traer a Matt Damon y sus papas marcianas. Marte no es protagonista aquí. La protagonista es una criatura que produce cierto escozor al verla (más a medida que la película avanza), impecable. Y ya que nombré a The Martian, se puede incluir a LIFE en esa nueva elite de películas respetables sobre ciencia ficción, como lo son Gravity, Interestellar y Arrival, vale decir.


Desde que comienza y hasta el final, el nivel de tensión siempre está in crescendo y nunca decae. Todos los personajes están muy sobrios y eso permite extrapolar cada situación, que siempre es llevada hasta el límite y así disfrutar notablemente la tensión. Todas las escenas donde presenciamos el espacio exterior son tan verosímiles en tanto y en cuanto estemos relacionados con este tipo de películas y sepamos considerarlas. No diré nada respecto del final, ya que en los finales es donde la impresión más personal se choca con la subjetividad y lo que el director sugiere desde su impresión más personal. Estaremos de acuerdo en su elección o no, pero como sea, la hora y media que dura la película y la tensión (aunque suene demasiado reptitivo) a la que somos sometidos es una maravilla.


martes, 6 de junio de 2017

El Faro de las Orcas

En una cena con amigos, un flaco me contó una historia que conocía de un viaje por el sur. Un tipo que con una armónica se metía al mar y atraía así a unas orcas y lograba quedarse cerca de ellas. Dijo que hasta habían hecho una película con la historia del tipo, me propuse recordar buscarla. Cosa que olvidé completamente al terminar esa noche.

Pero hace un par de días la encontré. Y no recordé la historia aquella en esa cena recién hasta algunos minutos después de iniciada la película. Un coincidencia pintoresca. O un juego de la memoria y de la intuición a la hora de decidirme a ver la película, porque no me sentía muy seguro, pero "algo" me animó.


La historia transcurre en la Patagonia, en la costa atlántica en la provincia de Chubut, en la República Argentina. Un detalle que también sirvió, es agradable ver cine nacional filmado lugares que si bien no he visitado, me resultan de alguna manera familiares por su parentezco geográfico con otras zonas de la Patagonia que sí conozco. Furriel es un guardafauna un tanto problemático que vive sus días en una cabaña al pie de un faro, y es visitado por un niño autista y su madre divorciada en busca de algún remanso para la condición del niño.

Furriel caracteriza a Roberto Bubas, un biólogo marino que cuenta: 

"Estaba tomando datos para un monitoreo científico de las orcas que visitan la Península Valdés, con fines de conservación. Y me metí al agua para estar más cerca y poder dibujar la forma de sus aletas. Un día, de un grupo de cuatro orcas, una se acercó a la costa donde yo estaba y me dejó un manojo de algas ante mis pies. Interpreté que querían jugar. Les tiré las algas mar adentro, las fueron a buscar y me las volvieron a traer. Así pasamos horas jugando. Me metí en el agua y nadé con ellas. Todos los días, después, a la misma hora, me buscaban para jugar. Así empezó el vínculo."

La increíble relación con las orcas salvajes sorprendió a los científicos del todo el planeta y lo llevó a ser protagonista de un documental en Animal Planet. Las imágenes que lo mostraban acariciando las orcas y metiéndose al agua con ellas, tuvieron un efecto casi mágico en un niño autista de nueve años. El pequeño se paró frente al televisor y tocando la pantalla gritó: "¡Yo, yo!". Fueron las primeras palabras que los padres escucharon de su hijo. Emocionados decidieron llevarlo hasta "el fin del mundo" para que pudiera conocer a ese guardafauna de la Patagonia. Creó un lazo con el niño y lo ayudó, en medio de la naturaleza que tanto ama, a conectarse con el  mundo. Esa relación lo inspiró a escribir un libro: "Agustín corazón abierto".


 La película cuenta con una fotografía soberbia. La amplitud y majestuosidad de los paisajes patagónicos ayuda. Tal vez lo más flojo sean los momentos (no todos) donde las orcas cobran protagonismo y éste sea reflejado a través de la animación (animatronic), pero con la certeza de saber que es un cine que no cuenta con un presupuesto hollywoodense para este tipo de trabajo, sale airoso de la apuesta. La trama es un cuento con una estructura prolijamente respetada, con actuaciones que sostienen cada hilo dramático que termina conectando a cada uno de los personajes, todo con un ritmo que no decae.

La historia apunta al lado más sensible del espectador, huelga decirlo; por lo que si usted se siente inclinado hacia ese lado con respecto a cierto estilo de películas, yo creo que la va a disfrutar. Yo sólo conocía de la historia lo que conté al principio. Ahora, si usted gusta por descubrir más acerca del personaje detrás de la historia, imagino que como espectador, su opinión será seguro, más allá de la obvia razón personal, un tanto distinta a la de quien suscribe. en tal caso o no, le dejo algunos enlaces donde puede leer más acerca de la historia de Roberto Bubas:




 

viernes, 2 de junio de 2017

Él, Daniel Blake

Uno siente por Daniel Blake una empatía casi inmediata. Ni siquiera se lo ve en pantalla, sólo se lo escucha de fondo (con el fondo negro) responder algunas preguntas, y ya la intuición se manifiesta como una premonición. Una de las buenas.

Su empatía anida en los lugares comunes, allí donde todos quienes hemos estado a merced de la burocracia laberíntica de los sistemas de salud sabemos lo que se padece, más allá de la enfermedad misma. La personificación de los dos principales protagonistas es simple, sencilla y por ello, magnífica. Un trabajo actoral exquisito. El decorado social que se transluce a lo largo de toda la película se podría decir, es casi imperceptible; pero allí está, hay escenas que dejan echar un vistazo a cada uno de los problemas que (nos) acontecen cuando en determinadas situaciones de nuestras vidas, el Estado dice o debería decir: presente. No es necesario saber de economía política ni de la situación histórica en la economía política del país donde transcurre esta historia, en la ciudad de Londres, más precisamente.

Daniel es un personaje entrañable ya a los 15 minutos de transcurrido el film. Katie es el nervio más sensible tal vez, junto con sus dos hijos. La cotidianidad a lo largo de toda la película logra un ambiente de comodidad visual que transmite muchísimo. La historia está contada con una cadencia hermosa y la edición es genial.

Sólo tengo elogios para I, Daniel Blake, y no quiero más que decirles que si llegan a encontrarse con la oportunidad de verla, no se la pierdan.



"No soy un cliente o un usuario de servicios.
No soy un haragán, un parásito,
un mendigo, o un ladrón.
No soy un número de la Seguridad Social,
o un punto luminoso en una pantalla.
Pago mis deudas, nunca un penique menos,
y estoy orgulloso de proceder así.
No me siento inferior a nadie, sino que miro
a mi vecino a los ojos y lo ayudo si puedo.
No acepto ni busco la caridad.
Mi nombre es Daniel Blake.
Soy un hombre...
...no un perro.
Como hombre que soy,
exijo mis derechos.
Exijo que se me trate con respeto.
Yo, Daniel Blake, soy un ciudadano...
...nada más y nada menos.
Gracias."