miércoles, 25 de febrero de 2015

Sadismo



Una mujer junto a su marido se tiran en paracaídas. En los primeros minutos, están muy cerca, y mediante un breve e improvisado sistema de señas, corroboran que todo está en orden; entonces el marido se aleja para abrir su paracaídas a una distancia considerable, para no enredarse con el paracaídas de ella. La pierde de vista en la maniobra y cuando la vuelve a ver, observa aterrorizado cómo ella gira sobre su eje peligrosamente. Se desespera, le grita que active los frenos, la mujer le grita que no funcionan. Desconozco si se escuchan, pero se que se gritan, instintivamente. Siguen cayendo, ella girando en espiral. El marido entonces, con toda su angustiosa impotencia se hace la siguiente pregunta: —por qué Dios le está haciendo esto?—.


La mujer sigue cayendo, el suelo está cada vez más cerca. Al girar con tanta fuerza y con tanta velocidad,  se cortan las sujeciones del paracaídas y lo pierde. Activa el paracaídas de respuesto, pero tiene un par de cuerdas enredadas y no pude desplegarse en su totalidad. El marido intenta acercarse a ella, sabiendo que aún cuando la alcance, sus paracaídas podrían enredarse con el de ella, y todo podría ser tal vez peor. O no, pero de todos modos, no lo hace. Observa la superficie del suelo, con las últimas esperanzas; calcula las (pocas) posibilidades de supervivencia. Entonces dice: —Dios, sálvala!. 


La mujer finalmente cae en una zona residencial, evitando el pavimento de un estacionamiento cercano que el marido había podido dar cuenta antes. Se rompe toda literalmente, pero está viva. Ya en el hospital, desesperado e intentando mantener el juicio, espera lo peor, obviamente. Y tras varias horas, un doctor sale y le anuncia: no sólo que no ha muerto, sino que en los exámenes de sangre, dió como resultado que está embarazada de 2 semanas. No lo puede creer. 

  Luego de varios meses e innumerables operaciones, la mujer —cuya reconstrucción del rostro, fracturado casi en su totalidad, estiman en 250.000 dólares; sin contar la pelvis fracturada en tres partes, más su piernas, más otras fracturas— está recuperada totalmente; con su pequeña hija, en perfecto estado de salud también. 
 


Y yo me quedo pensando, preguntándome por qué pensó él que Dios le estaba haciendo eso a su mujer?. E instantes después, a ese mismo Dios, le pide que la salve?. Pienso que la fe funciona de maneras muy extrañas en los seres humanos. Porque si ese Dios primero le hace eso a su mujer, y luego la salva, para mí ese Dios, es un tanto sádico.

La Futbolización del Pensamiento

En la sobremesa de un asado. En el post-partido del fulbito. En reuniones festivas. En otras ocasiones (que escapan de mi inteligencia)...., las opiniones se vierten de manera cansina, sobre los más variados y/o álgidos temas de la actualidad. Yo les señalaba a unos compañeros de esas opiniones que hace años atrás —y no muchos— estar conversando sobre ciertas cuestiones del hoy (porque en otras épocas, también fue posible la discusión y el derroche de sensaciones) era inimaginable. Todo el ambiente que yo conozco se ha politizado, y cuando esgrimo la palabra política, inmediatamente debo remitirme a Aristóteles y a la etimología de dicha palabra: el hombre es un "zóon politikón", es un animal social, que vive en un estado o ciudad sujeto a leyes elaboradas por la razón y gracias a la capacidad lingüística y moral de los hombres. Y que en consecuencia, todos los asuntos del Estado son asuntos de todos los ciudadanos, es decir, de los habitantes de la ciudad con poder civil. En fin, la etimología es maravillosa. Pero cuando digo que se ha politizado el ambiente en el cual me muevo, no miento, y así retomo: personas con las cuales uno ha compartido muchas experiencias, de pronto se muestran a través de su pensamiento político, de una manera que no vimos jamás. Es un ser pensante!. Y no lo digo en broma (aunque la gastada podría ganarse algunas risas).

Entonces busco, mientras converso los escucho; comienzo a escudriñar como si de un árbol genealógico se tratara, la estructura desde donde se contruye un pensamiento expresado en palabras. Indago en esas palabras que se usan, en cómo se usan. El lenguaje como expresión. Lo hago porque al cabo de algunos minutos, y dependiendo de la cuestión que se esté tratando; alguien dirá que lo que el otro piensa, está mal. Y no sólo eso, sino que además de asegurar que está mal lo que dice (y por ende lo que piensa), lo que él mismo dice, es la verdad. Es hasta infantil a veces, frustrante. Ambos están seguros que el otro está errado. Es la futbolización del pensamiento. Tu equipo es una bosta, estás del otro lado, sos mi enemigo futbolístico, y en definitiva, político.

 Cómo llegamos a esto?. Importándonos la realidad que percibimos mediáticamente. Porque nosotros —quien suscribe y mis compañeros de opiniones— no palpamos la realidad que se exhibe a través de los medios, como si esa sóla realidad fuera la que se vive en todas las regiones del país. Todos vivimos realidades distintas, hasta los precios son distintos (porque al final, muchas cuestiones terminan tristemente en la guita...); pero el pensamiento se instala y nos hace argentinos, nos hace pensar como argentinos (y viceversa). Hay casi una cuestión filosófica después de la tercera cerveza que hace preguntarme de dónde se proveen los medios (de información) para elucubrar una opinión. A estas alturas de la vida política y social de este país,  considero importante esta indagación, y no por considerar un medio u otro como bosteros y gallinas, leprosos o canallas o del ciclón o del globito, no; sino porque tengo la impresión de que si te provees de un sólo medio, la construcción de un pensamiento es a medias, es una falla de construcción. 

Hoy tenemos la internet, el lugar de los que no tienen ni les dan voz en la televisión (la vedette de la opinión pública); existe desde allí la pluralidad de voces. Un ejemplo burdo: yo aquí escribiendo con la falsa esperanza de que alguien me lea, pero escribiendo igual, desde la cuestión filosófica post-cerveza. En internet vas a encontrar seguramente la información que sale a través de las habituales vías de información, y que por tal motivo, es información sacralizada. Es decir, porque lo dijeron en la tele, lo escuché en la radio, fijate, está ahí escrito en el diario, entonces es verdad. Es LA verdad. Los medios no mienten. No?. Asi piensan muchos que conozco. Pero también, en la red puedes encontrarte con opiniones que difieren mucho de lo que habitualmente se escucha estratégicamente en los medios. Hay otras verdades. Hay que investigar, claro. Y tener una computadora, e internet. Y tiempo. Y ganas de saber más, la lista es larga. Y si no se tiene algunas de las premisas que acabo de señalar; y la información es transmitida como verdad y no como información (vale aclararlo, me parece); entonces uno piensa como quienes transmiten esa información piensan. O quieren que pienses. 

Quiero decir, todos tenemos derechos a pensar como se nos cante; pero debemos tener la obligación —y no sólo como derecho— el informarnos debidamente con la mayor cantidad de fuentes que nos sean posibles. Hoy por hoy, esas fuentes están a nuestra disposición. Y mientras más sepamos, más seguros estaremos de pensar lo que pensamos, porque habrá sido un pensamiento construído desde diferentes bases. De lo contrario, surgen los enfrentamientos, las banderías. Y pensar distinto se vuelve casi un error. Y mientras más enfrentados nos encontremos, rehenes de nuestra propia ignorancia; más compleja será la realidad que les dejemos a nuestros hijos. Mucho ha cambiado, mucho se ha politizado. Adecuarse a los tiempos que corren significa interiorizarse, no tocar de oído. Ahora sí, cambiate que entras, pibe; a romperla, eh!.

Todos los Ados Lindos

Sabés?, nunca me había subido a un avión en toda mi vida, siempre que viajé, lo hice en bondi; y ni siquiera tanto. Un par de viajes a Buenos Aires, de noche, con mucha lluvia, colgado mirando la ventanilla y cómo la doble línea amarilla a mi izquierda, desaparecía debajo del bondi peligrosamente, y a mucha velocidad. Escuchaba música, disfrutaba ceremoniosa y pausadamente las latitas de Quilmes (cuando la Quilmes era rica) que compraba cada vez que el bondi paraba. Leía el libro de turno, jamás pude o supe cómo carajos dormir mientras viajaba. En realidad viajar….me despertaba; pensaba boooocha. Y a mí que me gusta mucho pensar —aunque a veces confieso me torture un poco—. En qué pensaba?. Queseyó, en todo; como cuando no te podés dormir. A veces escribía, sabés?. Boludeces. Como ahora, que escribo que nunca me había subido a un avión en toda mi vida. Y de pronto en 24hs me subí y me bajé de 3. 

Y sigo pensando lo mismo que pensaba cuando los veía listo para embarcar: cómo hacen para levantar vuelo estos bichos?, preguntas que me hago como si google no existiera, buscá vos después si tenes ganas. Y más después: estás adentro. Y al ratón comienza a acelerar. Nunca había experimentado tal velocidad. Me resultó fascinante —qué querés que te diga?— tenía la sonrisa dibujada de par en par. Si hasta miraba hacia los costados esperando encontrar una sonrisa igual, cómplice. Pero nop, se ve que nadie volaba por primera vez. Me sentí un privilegiado. Experimentando algo por primera vez. Si te ponés a pensar, cuándo fue la última vez que experimentaste algo nuevo vos?. Pensalo.

Volví mi mirada hacia la ventanilla, mientras el avión levantaba por fin vuelo, y la sonrisa se me hacía cada vez grande. Casi como un reflejo, busqué asociar la sensación; y me recordé impulsándome en alguna hamaca mientras. En silencio, gritaba de la emoción, un iuju! (a lo Homero Simpson), de esos que se te escapan, mentalmente. Como esa cosa que se te hace en la panza cuando después el avión se estabiliza, también. Luego el bip de los cinturones, y todo el mundo que parece ponerse en modo automático, relajándose (vaya paradoja).Yo los sigo mirando, sabés?. Hecho un torpe, inocente e incrédulo guasón. Y sigo mirando por la ventanilla. Fascinado, asombrado, maravillado. Y todos los ados lindos que se te ocurran.

Croto-Humanos

“Otros humanos a su debido tiempo serán quienes deberán pensarnos y estudiarnos, a nosotros aquí en los albores del siglo XXI, frágiles y exquisitas muestras de modelos de comportamiento humano en una época tan incisiva de nuestra era; en estos tiempos donde la tecnología nos permite tener el conocimiento de tanto que sucede a través del mundo entero, incluso, en este mismo instante. Un tanto que se vuelve otro tanto difícil de describir, una red de información que nos hace estar en contacto con otros seres humanos a millones de km, pero sentirlos muy cercanos; una terminal y otra terminal y otra; un sistema tan digital como nervioso y venéreo. 
Con la posibilidad de compartir todo lo que vemos y leemos u oímos a través de esa red interminable. Lo que colectivamente en la televisión suena peligroso, a través de una red de información propia de todos, puede traer resultados auspiciosos, si se lo utiliza con un fin, valga la redundancia, útil. Si la televisión elige qué mostrarnos, qué contarnos, y la manera en contarnos eso que nos muestra; una red virtual de información puede permitirnos sacar a la luz todo aquello que quienes se limitan a creer como único y válido de lo que sucede fuera de sus ordinarias vidas. Mostrar sobre lo que supuestamente no sucede a la mayor cantidad de gente posible, una revolución digital contra la intransigencia de la información, y los medios que la reproducen a su antojo. E intereses. Entretener. Distraer.

 Pero conlleva un peligro inminente dentro, como un virus. Posee altas probabilidades de infección, una infección que se traduce rápidamente en enfermedad, y a esa enfermedad, esos otros seres humanos que a su debido tiempo nos estarán pensando 
y estudiando podrán haberle puesto un nombre sofisticado tal vez para llamarla, pero esa enfermedad es trágicamente sencilla de reconocer, es una adicción. Que nos devasta, alienándonos aún más, añade al régimen diario de vertiginización; un veneno más. Estamos expuestos al mismo tiempo en este cambio teconológico y humano a una liberación personal nunca antes experimentada; pero que nos aísla como nunca otra experiencia ha aislado jamás al ser humano.”

Todo se Enrieda

Todo se enrieda. Hasta las letras. En las palabras, ya ve: enrieda. Dónde vivirán esas palabras que no están del todo seguro y escritas en la memoria o en la razón o en la lápida de todo nuestro aprendizaje?. Yo, obviamente, no lo se. Pero sí se que hay palabras que suenan mejor así, erráticas, mal dichas. O ha de ser que somos tan brutos y estamos rodeados de otros tantos brutos; y la repetición de una brutalidad como enrieda nos suena como el sonido que suena cuando algo que suena de esa cierta y única manera le dice a usted que ese mismo algo, funciona bien; una cuestión mecánica, si se me permite. En fin, como ve, me voy enredando, a propósito! —podrá pensar aquél lector analista; pero no, no es una cuestión de intencionalidad; nada aquí brilla por su ingenio y/u originalidad; no hace falta siquiera que haya malgastado esta línea escribiendo esta torpe explicación. Lo que quiero decir en realidad es que todo se enreda. Los cables, por ejemplo. En ocasiones, el alambre. Los pensamientos, también, cuando no se puede dormir. El hilo de pescar, otro. La vida. 

De los enredos que más odio, es el de los cables. Puedo putear muchísimo; tiendo a pensar que el —o los— cables tienen, por supuesto y con la mayor de las certezas, vida propia. Y que esa vida propia tan de ellos, no tiene otro propósito que el de joder la mía. El problema con algunos es que son innecesariamente largos. Y los lugares pequeños donde se acostumbran a ser guardados, no colaboran para nada. De hecho, todo lo contrario. Pero, no los quiero engañar engañándome, somos nosotros quienes guardamos esos inncesariamente largos cables en esos pequeños lugares. O, la forma en que los guardamos, quiero decir. Pero no, malditos cables!, yo no tengo la culpa!; es mejor que ustedes la tengan, para así yo librarme de ella, y ser feliz puteando.

Yo se que allí dentro, en el bolsillo, por ejemplo, cobran esa vida que les digo, y serpentean murmurando y sonriendo maliciosamente, para que cuando llegue el momento en que los necesite (coincidirán conmigo en que sabemos de qué cables estamos hablando ya, no?) y meta la mano en el bolsillo, lo que saque de allí no sea más que un problema, un dilema de magnitudes dantescas, una embestida contra mi bienestar moral y espiritual, un atentado contra la paz reinante de mi cotidianeidad. Y el malhumor me gane, y el odio crezca, y me sienta obnubilado, y en el medio del

vano intento por desenredarlos se me crucen pensamientos que no debo tener, entonces lo que se me enriedan son esos pensamientos, y las letras, en las palabras. Y más culpa tiene los cables porque yo no he podido concebir forma alguna de que esto no me suceda cada vez que me sucede, sistemáticamente. Y pienso que no he podido porque soy un bruto, pero inmediatamente me siento iluminado ante esta revelación; y siento que la próxima vez los guardaré de manera tal que no se enreden (o enrieden?)….., ….pero me gana la angustia por ser tan así (tan así cómo?), tan poco ideador de ideas que no me compliquen la vida. 

Y la angustia va incrementándose, de manera proporcional al tiempo en que no puedo todavía desenrollar el cable para por fin poder escuchar mi bendita música; me hace pensar (la angustia) que no sólo me faltan las ideas, sino que además de bruto, soy un completo inútil. Sigo caminando además, porque no puedo concebir la idea de perder el tiempo deteniéndome a hacerlo con mayor lucidez y razonable tranquilidad, no; en ese preciso momento, carezco de ambas. Me siento de pronto, un ser inferior. Deliberadamente además, alcanzo a dilucidar todo esto en el enriedo de mis pensamientos.

Los Lunes

Los lunes. Los lunes arrancan el domingo a la noche, cuando ya te fuiste a acostar, cuando te estás por dormir, durante esa lenta y sabrosa muerte nocturna, cuando toda la película del día surca el firmamento estelar de tu memoria (o no); y continúa probablemente con la posible secuela dramática del día siguiente. Capaz te hacés mala sangre; porque hay gente a la cual no le gustan los lunes. Capaz no. Yo escribo ahora porque no tengo lunes Y?, bueno, no se, digo,…..que……no ha sido esto así desde siempre, alguna vez mi vida tuvo que ver (léase lidiar) con la púber y febril práctica del estudio, y debí levantarme cada lunes a regañadientes, como todos (cosa que nunca sirvió pensar como alivio). Luego, cuando la libertad acaba y el dinero comienza a trazar los horizontes de los sueños, ni mis días ni mis horarios laborales tenían (ni tienen aún) algo que ver con la media del huso horario o diario laboral, por lo que, como dije, entonces, yo no tengo lunes. O sí tengo lunes, pero el lunes puede ser un jueves, o un sábado, y hasta un domingo; como sea, jamás se siente como el lunes de otros. Ni siquiera cuando mis lunes caen un lunes.

Todas las adjetividades de hastío con las que se lo puede distinguir a este tan particular día, tendrán su origen y pronunciamiento en la obligación, el deber —sin lugar a dudas— de tener (subrayo) que levantarse temprano para ir a los lugares que acostumbran a ir todos los malditos lunes (asumo de pronto la maldición como una cuestión empática, y el gusto azaroso de maldecir cada tanto). Porque es la pérdida semanal de la libertad. Es el tener que, es la conjunción de los males necesarios, el cénit de todas las angustias domesticadas. Y por qué? Supongo que, el lunes a la mañana es el momento superditado a que se active nuestro mecanismo de automatización, y con lo poco o mucho de humanos que nos queda, tendemos a rebelarnos contra ello. Es una revuelta mental que también sucede de manera mecánica cada lunes, es una revuelta automatizada (¿?). Cuánto nos queda de humanos? —me pregunto.

Ese hastío, ese fastidio es una muestra de nuestra humanidad, un arma de defensa. Si no te fastidiara un poco adentrarte al vértigo y la parsimonia de la realidad de los compromisos diarios, si te fuera indiferente todo, se perdería algo de humanidad creo yo; y con ello, uno se volvería peligrosamente una entidad sumisa, apagada. Maldiga sus lunes si merecen ser maldecidos, mándelos a la reputísimamadrequelosremilparió. Ya sabe que renunciar tal vez no puede. Pero bueno, también supongo y quiero imaginar que hay quienes tienen diferentes lunes cada lunes. Por ejemplo yo, que no tengo lunes. Cuando me levanto temprano un lunes a la mañana, me siento un turista en el paisaje de la cotidianeidad de los otros, paseando en cámara lenta. Uno observa como se mueven, hacia donde van y tienen que ir; y si bien me muevo con ellos, tengo la posibilidad de observarlos y de no ser parte. Por eso los lunes no son lunes, o digo que no siento los lunes. Pero a esto a quien le importa, no?, sobre todo un lunes.

Un Corto Animado

...........Todo blanco.















Se va reduciendo lo blanco, aparecen en cada ángulo de la pantalla unas manchas negras; inmediatamente reconoces que lo blanco va desapareciendo y lo negro va ganando la pantalla de una manera circular. Sigue así hasta que puedes ver que se dibuja un círculo negro. Se queda allí formado, inmóvil, durante un breve lapso de ocho segundos. Detrás de éste aparece entonces una figura; primero asoma su cabeza y puedes ver su brazo y su pierna un poco flexionados, como cuidadoso, temeroso......y te está observando a vos. Pasa unos segundos estudiándote; con una conducta clara, graciosa y hermosamente animal. Luego de saberte cómplice, mira hacia el costado derecho de tu pantalla. Aparece finalmente toda su figura detrás del círculo negro y comienza a caminar hacia ese lado. Temeroso aún, pero se siente confiado...vos le das esa confianza. Mientras el círculo negro va desapareciendo por el lado izquierdo, simultáneamente va apareciendo otro del otro lado, de la misma forma y tamaño. Nuestra confiada figura se va acercando, queda a unos pocos pasos, mira el nuevo círculo negro. Se lleva una mano a la cabeza. Se rasca la cabeza con esa misma mano.

 Así unos segundos, durante los cuales se concentra, se lo ve pensativo, pero no te mira. Comienza a caminar hasta meterse detrás del círculo, desaparece tras lo negro. Y aparece del otro lado, te hace un gesto con la mano que sólo vos entendés, haciéndote saber que atrás no había nada y que él mismo no entiende nada de lo que está ocurriendo. Se rasca otra vez la cabeza. Más seguro, aunque desconcertado, comienza a caminar hacia su derecha, hasta que aparece.....otro círculo negro. Cuando aparece, el cuadro se abre; y se ve a la figura entre los dos círculos, el anterior y éste nuevo; y hay aún más hacia la derecha. Son muchos, todos idénticos. No se cuántos se ven, pero dan la sensación de ser muchos; y al último (siempre hacia la derecha) se lo ve por la mitad. O sea.....el asunto sigue. 


La figura te ve y se asombra por lo que acabas de ver; se da cuenta unos segundos después que vos, de lo que vos, te acabás de dar cuenta. Y comienza a avanzar pasando por detrás de los círculos negros, apurando el paso luego y corriendo después, comienza a desesperarse. Se abre otro poco el cuadro y se pueden ver más y más círculos negros, uno tras otro. De pronto se observa un monolito, altísimo, que sube hasta el borde del televisor y desaparece fuera de la pantalla. El cuadro se vuelve a abrir y se puede ver que el monolito es cruzado en forma perpendicualr por otro, un tanto más pequeño. La figura te ve preocupada cómo obervas lo que observas y durante algunos largos segundos no pasa nada, hasta que de pronto retrocede dándote la espalda hacia tu lado de la pantalla, como queriendo ganar distancia, para tener un mejor ángulo de visión.

Reconoces lo que es, lo que ves, es una letra, la letra T; y que inmediatamente aparece una O, y luego una D y otra O (estas última tres en minúsculas, pero todas en negrita), ya puedes leer la palabra, mientras las letras van moviéndose de izquierda a derecha, deslizándose lentamente. Hay un espacio en blanco. La figura está inmóvil, desconcertada, de espaldas. Allí y así se queda hasta que aparecen más letras, una b, una l, una a, una n, una c y finalmente una o, y un punto final. Y otro espacio en blanco,
...........Todo blanco.

Te Veo

Siempre te veo.
Tímida y doliente, con tu belleza implacable,
que todos reconocen, y que nadie ve.
Te veo entre toda esta sabida gente, puedo
(y vos también me ves, como ves).
Curiosa y expectante,
a la merced de tu quietud, con la virtud de la paciencia.
Haces que no me ves, mientras sonríes.
El guiño de la presencia,
la soledad de los encuentros,
el murmullo silencioso de las palabras.
Te veo. Siempre te veo.
Tu sobria rapacidad ante el obnubilado resto,
el velo mordaz ante las inclemencias de un beso
la dulce capacidad de asombro
y la risa cordial, como un amanecer frondoso.
Siempre distante, donde te saben cercana
donde de tí no saben nada, siempre distante.
Allí te veo. Siempre te veo.

Peregrino en la Lluvia

Llueve, con una cadencia que arropa, con la intimidad revelada en cada uno de los gestos que el dominical otoño provoca. Los hay los que corren, los que se resguardan, algunos fuman otros se besan; y las hojas que —caen lentamente, soy un espía, un espectador—. La sinfonía circular que se dibuja en los charcos abre la puerta hacia otros instantes, es una fiesta de los sentidos, para dejarse llevar…..y por el murmullo de la breve ciudad de fondo, hipnotizándome.

Inspiro, despliego las alas de la imaginación: cada instante, cada gesto, se mezcla en una amalgama de imágenes en la cabeza, el obturador sensorial se agudiza. Es hora de perderse, peregrino en una lluvia que cae con una cadencia que arropa; y las hojas que caen lentamente….
….esas plumas doradas por esta melancólica y vangoghniana estación, que abandonan hermanadamente esos sublimes cuerpos de pájaros anclados al tiempo, dejándolos hechos esos trazos que se desdibujan intentando alcanzar el gris del cielo. Ni se despiden, aguardan a que la última fuerza las abandone y la escena de la ceremoniosa caída les suceda; ante la aparente e incomprensible indiferencia del mundo entero. 

Pero antes de que la escena suceda, esos cuerpos de pájaros anclados al tiempo....inspiran una bocanada de ese mismo y último tiempo; y visten y lucen sus plumas más bellas y coloridas para tal ocasión de despedida, como juego amoroso previo a toda desnudez —antes de que sus ropas caigan lentamente, todavía les excita saber hasta dónde llegarán—. Se visten de vida, se desvisten de amor. Y mientras ese juego sucede, el espectáculo es admirable.  

Y el murmullo de la ciudad que me despierta, que me silba desde otra esquina, el viento me acaricia la cara, el frío empuña el todavía deseo latente de contemplación; sigo perdiéndome, me guía el instinto de peregrinación. Se palpa la soledad de las calles, dominical, otoñal....., es la soledad que compone la gente, a veces más, a veces menos, pero siempre simplemente hermosa. Hay ciertos vacíos que predisponen a una perfumada calma.
  
Esa calma que se mide por la intensidad y la prolongación de los suspiros, cuando la luz es baja y lo que se expone —y se subexpone— es en realidad el alma. Una sincronización de todos los instantes, de todos los gestos, todos los vacíos....es la entrega solemne de nuestra vulnerabilidad: que se viste de vida, y se desnuda de lluvia; en la intimidad de la luz. 
  

Rainymood

Era una lluvia inusual. A cántaros llovía. Una lluvia que finge estar enojada, pero que te guiña un ojo cómplice y socarronamente. Era sábado, además de lluvia. Igual de inusual, igual de lluvia. La ciudad, repleta de fantasmas con horarios, de corridas, de puteadas, de lluvia. Me adentré a esa lluvia, a esta ciudad; con la misma expectativa de quien se aventura a la lectura de un libro; y deja al mundo de lado, y la ficción y la fantasía son una sangre galopante que se hace jinete de todos tus sentidos. Me empapé, y no de lluvia, precisamente. Aunque la realidad me ladrara a gritos lo contrario. 


Las prominentes barrigas de los edificios hacían sombra y refugio, pequeños oasis de humedad; bolsillos de un saco viejo, arrugado y perfumado de tormenta. Desde esos bolsillos observaba yo al mundo bañándose en la lluvia, como un testigo privilegiado, un imaginador perplejo. Un gris cristalino pintaba las calles y las hacía sonetos de agua, chapuzones de cielo en veredas de mar sereno, fiesta de gotas borrachas y peces de color y de asfalto besándolas en la boca; borrachos todos de sí, finalmente, naufragando hacia la noche de las alcantarillas, felices de lluvia.

Los fantasmas se asombran, su carencia constante y creciente de imaginación los vuelve así, tan así. Me lo dicen sus gestos adustos, su intriga previsible y su complaciente respuesta. Otros nada más me ignoran, me gustan esos. Algunos se sonríen, como la lluvia, cómplices; esos me gustan un poco más. Otros son muy curiosos, y se animan a amontonar palabras en la boca, hasta que la boca les explota: a qué le sacás fotos……….?. A la lluvia; pienso y resumo, mientras no lo digo. Para qué?, estoy sumido al lenguaje de la imagen, y además soy de hablar poco con extraños. Le respondo complaciéndolo, educadamente, y se lleva una sonrisa. Y otro fantasma que sonríe.  

 
Contemplo, luego de que el agua vuelva más torpes y pesados mis pasos, el silencio y la perpetuidad tan propia de las estatuas. De algún oscuro modo, me dan un poco de pena, tan estatuas ellas, y bajo el tácito manto de nocturnidad con el que las cubre y simula la lluvia, son tan teatrales sus ademanes!, que me parece ver claramente el instante previo a su pétreo final. O como si resistieran dentro, caballerosa y honorablemente, la tarea de erguirse y ser ignorado por todos. Les presento mis respetos, su posible eternidad puede llegar a barrer mis años bajo la alfombra de sus propios y herrumbrados recuerdos.
  

Y como quien se topa con algún vago recuerdo en las calles oscuras de la memoria, en una esquina ensombrecida, a la vuelta de la causalidad, me di de bruces con las últimas huellas del otoño. Allí estaba, lánguido, en su estela doliente, como un ladrón de amor, como una música que se pierde en la inmensidad de este silencio ensordecedor de lluvia. Rasgando sus vestiduras y dejando tras de sí las migajas necesarias para aquellos amantes melancólicos, los ahogadores de angustias, los fervientes adoradores, los imaginadores empedernidos; ustedes, nosotros, todos. 

Hice resaca esa esquina, y ya en otra, como guión cinematográfico de mi tarde; la lluvia amaina....pero es nomás una inhalación, como el clavadista que toma aire antes de arrojarse al vacío. Los algodones grises y celestes que allá arriba se empujan apurados me lo cuentan, me palmean la espalda, y hasta me dicen pibe.........., no te confiés, pibe. Sigo caminando, con cierto aplomo, el agua pesa, pero sólo en la ropa. El alma es un charco donde vienen a bañarse una pandilla de gorriones y me cuentan sus verdades en eterno vuelo. Yo los miro de reojo, y pienso: a ver si les puedo hacer una foto..... 


   

martes, 24 de febrero de 2015

De a ratos....

Porque hace un rato ya pasó. Y capaz más rato, sólo se queda en el capaz. Aún así, la vida pareciera vivirse de a ratos, o el rato o los ratos que pasan en el diome. Este delicioso tiempo mientras yo voy a estar no se cuánto rato escribiendo, que es el mismo rato mientras vos leés esto y un avión aterriza en Bangkok, un niño se enchastra toda la trompa comiendo una Tita en la parte trasera del auto, un extraño enciende un Gitanes a la salida del subte; y dos enamorados se besan por un largo rato a la salida de una tienda de artesanías. 

Pero y cuánto dura un rato....?...., Sabina cantaba (quejándose) —qué poco rato dura la vida eterna / entre el túnel de tus piernas....— cuánto cabe dentro de un rato....?...., una eternidad, sin duda. O lo que tardás en ir a buscar algo para morfar —vas a tardar mucho?....—no, un rato. —Dale, igual te voy a esperar toda la vida. Y al ratito vuelve. El tiempo es un teatro de ausencias e ilusiones. Ratos, ratitos, ratazos. Qué hace una rata sola en una esquina?, está esperando un rato. El tiempo pasa según la vertiginosidad de los pensamientos, que es directamente proporcional al peso de las almas (pff!, pavada de teorema tiraste!). Mientras pensás lo malo del chiste, no?. Mientras te tomás un mate. Mientras el alma, un yunque.  

Y Enstein y la relatividad. Y al carajo. Y esos ratos donde tenés unas ganas de putear bárbaras, por todo, por nada. O ese otro rato que nunca llegó, a aquella fatídica esquina. Viste cuando te colgás y no pensás en nada?, cuando el vértigo desaparece, y el ama se desvanece...qué lindo rato ese, no?. Una minúscula pizca de eternidad. Y luego vas a terminar de leer esto, y por ahí tenés algo que hacer o alguien a quien a ver o una voz a la cual escuchar; y ahí es donde se complica.....porque eso es más rato pensás, y es tan seguro como que te llamás Eugenia, o Víctor o como sea que te llames y, perdonen (el mal agüero desde ya) si de pronto, me vuelvo un poco escatológico; pero mirá si se pone re feo y nos pega un rayo?. 

No puedo dejar de pensar entonces que estoy (o estamos) malgastando el tiempo, escribiendo. Que éste es tal vez, un mal rato; y como la vida (dijimos) se vive de a ratos, lo menos que podrías hacer es dejar de leer e ir hacer lo que tengas que hacer; en el caso claro, de que lo que tengas que hacer, sea importante. Si no, sí.....más rato. Yo voy a buscar algo para morfar.
 

miércoles, 28 de agosto de 2013

....flashié un poema.

Siempre que escribo, es porque empiezo a escribir mentalmente.
Este casi que lo escribí enterito en la cabeza.Se llama:

Silencio

 Si hay algo que me gusta de los domingos....es el silencio.
El silencio de algunos pibes gritando un gol en alguna cancha.
El silencio del canto de un pájaro que se pierde en el silencio de la tarde.
El silencio de la soledad de un auto que surca veloz la soledad de una calle.
El silencio de una música que se abre camino a través de unas ventanas.
El silencio de unas palomas que remontan vuelo en sincronía.
El silencio de un perro que atado ladra su larga pena.
El silencio del eco de una explosión de recuerdos.
El silencio de mis recuerdos.
El propio silencio.

...me acordé de mi Viejo.

Cuando mi Viejo laburaba, leía revistas. Mientras yo tomaba un té, o una cascarilla...., con pan con manteca, y a veces que le ponía trocitos de pan al té (sin manteca, claro); recuerdo esa escena claramente en mi memoria, y cuando digo que la recuerdo digo que la represento, que esa escena está pasando mientras la recuerdo. Transcurre en un cuarto muy pequeño de 1,5x2,5mts dónde sólo había unas bancas de madera; una tabla en la pared con un pequeño tirante inclinado y clavado en la pared que la sostenía; que hacía las veces de mesa para anotar unos datos que durante su turno de trabajo él documentaba con notable responsabilidad y precisión.

Sobre esos bancos, en esa escena, yo veo las revistas; son El Tony y D'artagnan, casi siempre. Cuando yo lo acompañaba al trabajo, estaba desde las 2 de la tarde hasta las 10 de la noche, casi siempre era en verano; o al final de la primavera, cuando el clima comenzaba a ser cada vez más cálido. Era un lugar rodeado de enormes pinos, estaba al costado de un río. Y del otro lado costado corría una vertiente cristalina (era increíble la claridad y pureza del agua, como vida fluyendo); uno se quedaba absorto viendo correr la vertiente, viendo el fondo, hipnotizado.

Del primer lado que les cuento, del lado del río; cruzándolo, seguía el bosque, que subía por una ladera a un montecito. Un bosque bajo, no muy tupido, en su mayoría compuesto por pinos. Con mis 10/12 años de aquella época, me la pasaba afuera el día entero; recorría toda la zona, adentrándome en el bosquecito (el río se podía cruzar a través de improvisados puentes de piedra que la gente que en el verano iba a nadar construía), caminando y descubriendo y jugando. Pero cuando entraba, porque mi Viejo me llamaba para tomar el té o la cascarilla; cuando atravesaba la puerta, recuerdo a mi Viejo......leyendo. Me llamaba mucho la atención, le pregunté —que tenían de bueno esas revistas que las leía tan así como las leía. Me dijo que eran historias, aventuras, muy entretenidas, que lo ayudaban además a pasar mejor el tiempo que duraban las horas de laburo; que consistía, más que nada, en estar entre hora y hora; luego de anotar todos los datos en un libro enorme donde se llevaba un registro de funcionamiento.

Y estar entre esas horas, era ingeniárselas para no aburrirse. Mi Viejo leía. También salíamos los dos a caminar. Debíamos recorrer por lo menos tres veces en el turno un camino que llegaba hasta la desembocadura de una vertiente al río. Allí había una pequeña represita, donde había una rejilla; que servía para filtrar todo lo que pudiera traer la vertiente de suciedad, que venía desde montaña arriba. El laburo, como habrán intuído o no, tenía que ver con el agua; con la toma y distribución de agua potable. Mi Viejo llevaba consigo un cepillo con cerdas negras, bien duras, que servía para limpiar esa rejilla. A veces, subíamos vertiente arriba, sólo para caminar; escuchando los pájaros, conversando; caminábamos un montón.

El sendero subiendo la vertiente era fantástico, porque estaba encerrado por la maleza, que parecía querer taparlo; mucha retama, mosqueta y gran cantidad de árboles. En algún punto del sendero había un manzano, escondido parecía que estaba; porque aparecía de la nada. Nunca se me había ocurrido que los manzanos crecieran libremente por allí; siempre los tuve presentes pero en las casas del barrio (donde abundaban, todos tenían uno, era genial), en los patios, como un árbol que alguien deliberadamente plantaba, como si lo hiciera y al mes midiera unos 7/8mts ya cubierto de manzanas (todo es mágico cuando se es chico).

Los pinos eran altísimos; del otro lado de la vertiente, el terreno caía bruscamente en picada y esto los hacía ver desde donde caminábamos como un verdadero ejército de gigantes. El sendero, siempre yo tras mi Viejo, serpenteaba hasta llegar a un claro enorme, y te aparecían de pronto llenándote la vista los cerros más bajos primero y las montañas luego, en todo su esplendor. En el claro, siguiendo unos metros más, había una mesa muy grande, construída a base de piedra. Yo la flasheaba como una mesa muy antigua (que si bien lo era, no lo era tan antigua como yo la imaginaba), como la mesa del Rey Arturo, de alguna historia así. Allí, a fin de año, la empresa donde laburaba mi Viejo organizaba un asado multitudinario para todos los empleados, se la pasaba muy bien ese día.

Saliendo de ese claro, había un puentecito que cruzaba la vertiente y y subía la ladera hasta el pinar que estaba unos metros más arriba. Por otro sendero que lo atravesaba regresábamos. Lo maravilloso de esa vuelta era el aroma —tan particular que me resulta indescriptible a través de las palabras, deberán recordar ustedes si alguna vez jugaron en un pinar......, pero aún mejor era seguir el sendero en paralelo, para caminar sobre el colchón que se formaba de lo que caía de los pinos, esos filamentos que son verdes allí arriba; y de cierto color naranja cuando están sobre la superficie, superficie que se hace como acolchonada, y hasta resbaladiza. Andar caminando por una superficie así, era simple, lisa y llanamente....divertido.

Así regresábamos hasta la rejilla, donde mi Viejo realizaba otra pequeña limpieza una vez más, y emprendíamos el camino de vuelta a su lugar de laburo, allí al costado del río.

Me dijo que leyera una, para que viera cómo es; y no les miento cuando les digo que aún disfruto leer como ese día que tomé una revista y comencé a leer las historietas. A él, además, le gustaba que a mí me gustara, tenía una sonrisa muy particular que así lo demostraba. Yo dí cuenta de esa sonrisa hace un año atrás. Le hice a mi hijo pequeño la misma sonrisa cuando comenzó a cantar las canciones que habitualmente canto; siempre dependiendo obviamente de lo que escuchemos durante el día, que por lo general obedece al estado de ánimo; y obviamente, nadie se siente igual todos los días; entonces la música cambia; y el estado de ánimo vuelve a cambiar, y todo mientras él las canta. Como yo leyendo las revistas de mi Viejo en su laburo, maravillado por historias como la de Dago, o Nippur de Lagash o Gilgamesh o El Cabo Sabino y otras tantas que no recuerdo en este momento.



Había tardes que salíamos con el Siam a comprar cosas para la casa; y a la vuelta pasábamos por un kiosco donde las vendían. No recuerdo el lugar, recuerdo el momento de ir a comprar las revistas, recuerdo como dije, una escena, que transcurre todavía. Con el tiempo, comencé a pedirle algunas para mí, que veía interesantes. Claro que ya eran historietas de dibujos animados que yo veía en la televisión; pero a mí eso, no me importaba; así que pedía que me las compren igual. Cosa que hacían, mi Vieja estaba feliz de que me gustara leer —así iba a aprender más rápido, decía, brusca y encantadora ella.

Así fue como nunca dejó de gustarme leer y comprar (bueno,....tener) siempre cosas nuevas para leer. Sigo queriendo tener cosas nuevas para leer, todo el tiempo, desde aquél tiempo. Y cuando voy a la librería, llevo a mi hijo conmigo; y conversamos, y cada vez le pregunto si le gusta venir, y siempre me dice sí; y es una escena que también, por suerte, todavía,.... sigue transcurriendo.

....me inventé un relato.

....a través de una imagen. Verán la imagen al final, eso sí.

Las olas rompen en parsimonisas pausas. La espuma que apenas alcanza a despeinarse cuando otra la devora natural, altanera y mecánicamente. El engranaje rítmico, sonoro y apacible de la orilla es la banda de sonido de un amanecer quejumbroso. Unas cuantas gaviotas, como leves y desentendidas pinceladas resuenan en el fondo del anaranjado lienzo del paisaje. El murmullo de las parejitas abrazadas —de las parejitas abrazadas con su niños corriendo cerca, de solitarios no tan solitarios con sus inquietos perros— flota en el rocío áspero de la inmensidad de la playa. Un auto recorre la costanera allá arriba, ahuecando todo. Un tren que pendula a kilómetros de allí, viene despertando in slowmotion. Recorre el pasillo el cafetero recién engominado, con su carrito antiguo, repleto de termos, tacitas y obleas; esquivando bolsos y zapatillas. Hay ese perfume particular de los vagones cuando se amanece en viaje. Espeso.

El sonido del vagón hamacándose termina por despabilarlos a todos. Aunque siguen en cámara lenta. Las bocas que bostezan, algunos que se quejan por la espalda rota, entre risas tímidas. También hay murmullos, con esas voces apenas entendibles cuando la voz recién despierta, guturales y de una cotidianeidad hermosa. La niña duerme plácidamente sobre las piernas de su madre, no sabe nada de todo esto que cuento y escribo. —Preparo unos matecitos?, le dice la rubia al novio, después de besarlo en la frente. El tipo murmura que sí, obviamente, feliz de la vida; la rubia es preciosa. El vagón 402 comienza a despertar finalmente. Todos miran la hora, siempre impacientes, pero aliviados un poco. El auto deja la estela ahuecada, la sensación de falla, de molestia, de silencio interrumpido. La playa comienza también a despertar, se va poblando de la más extensa fauna de época. Resuenan cada vez más gaviotas. Resuenan las olas despeinándose. La luz rebota blanquecina sobre la arena mojada y encandila, es un mar tranquilo, es un día hermoso, es una vida buena.

Así la imagen se resuelve plácidamente hasta el mediodía casi, cuando todo el pequeño desierto de arena se ve invadido casi en su totalidad por el hormigueo incesante y colorido de la gente llegando y amontonándose, para sentirse una mutitud plena, privilegiada y descansante. Otros carritos se pasean por aquí, pintorescos hombres vestidos de blanco vociferan diferentes alternativas para engañar al estómago. El sol quema y los cuerpos brillan, las curvas siguieren y los hombres simulan muy mal no estar viendo. El cafetero engominado esta vez pasa con el carrito lleno de sánguches y gasesosas, la niña conversa con su madre sobre los más variados y ocurrentes temas —recuerda días de colegio, pregunta por qué se tarda tanto en llegar, inventa detalles de la vida personal de su muñeca, dice que le dió hambre. Sánguches para todos, buen provecho.

El ajetreo es constante, gana la fatiga. Mirar por la ventana se vuelve monótono, sobre todo cuando el paisaje...es monótono. La lectura siempre ayuda, se viaja en el 402, y se viaja capítulo a capítulo. Pero las horas pasan, pendulares; la incomodidad, el hambre engañado, las ganas de llegar. Las caras ya son conocidas, se siente una atmósfera familiar en el vagón luego de tantas horas viajando. —El flaco de rulos que cada tanto sale a fumar. La chica de calzas verdes y rastas, que a cada rato va al baño. El señor de lentes que observa a todos. La madre que habla sin cesar con su hija, con una paciencia admirable, con una voz grave. Se escucha en varios asientos a la redonda, varios escuchan como distraídos, pero escuchan. Cualquier cosa es interesante. La voz de la niña endulza a todos, se les dibuja una sonrisa que les decora la tarde. Algunos se miran y la comparten, extraños conocidos, cómplices de viaje.

Y de pronto, con la inmediatez típica de la costa, se nubla. Y más pronto aún, las nubes se ponen negras. Un viento de la nada sopla y revolea revistas, ropa, desacomoda alguna sombrilla y genera el leve griterío de las señoras diciendo —ay, no!, por dios!, por favor!. El hormigueo se reactiva frenéticamente, todos recogen sus cosas y se apresuran a retirarse, algunas gotas comienzan a caer, el paisaje cambia completamente, el lienzo es gris, y se hace agua. No falta el que inmóvil disfruta el devenir de la lluvia, cerrando los ojos, con la cara al cielo, mientras las señoras pasan raudas con sus bolsos de mimbre colgando se mano, mientras con la otra se sujetan el sombrero florido, riendo a carcajadas mesuradas.

El tren en la estación exhala, todos se estiran, bostezan, casi que les da fiaca levantarse. Pero han llegado. Por fin. Pero está gris. Ni bien bajan del tren, el gesto es pensativo. Algunos se animan entre ellos, — el pronóstico para los días siguientes era bueno, ha de ser una tormenta pasajera. Otros se miran y hacen gestos y muecas con sus caras, reina el buen ánimo, a pesar de las gotas, a pesar de la tenue lluvia. — A conseguir un taxi ahora, rápido!, que nos queremos instalar lo más pronto posible. La niña canta y mueve los brazos de su muñeca en el asiento trasero del taxi, ve la lluvia rebotar contra la ventanilla, la misma lluvia que la moja la cara inmóvil al muchacho en la playa; que se ha sentado sin más dedicación que la de mojarse; viendo retirarse a los últimos; prestos a ganar veredas cubiertas, mate y charla y varias cucharaditas de paciencia.

Pero los mates se lavan y las hormigas se resignan, vuelta temporal a la temporal casa, la tarde está perdida, el temporal ha vencido. Se desconcentran y cubren todas las calles y las esquinas; mojados y cargados, resignados. El flaco de rulos con la de calzas verdes con rastas se pierden entre los que vuelven, caminan de la mano; apenas si han dejado los bolsos y han hecho el amor recién llegados, recién fumados. En otra esquina, la niña con su muñeca bajo el brazo camina junto a sus padres. Ellos no han hecho el amor, pero se han dado un beso y un largo abrazo antes de hablar con el encargado, y que éste les entregara la llave por una semana; mientras le pequeña los observara encantada, y apurada.

Van coleccionando miradas, esas miradas otra vez cómplices, las hormigas cómplices que se vuelven resignadas. Y los que en dirección contraria se acercan a la playa, abrazados; con la alegría del recién llegado, con toda la semana por delante. A medida que avanzan, van mirando vidrieras, se detienen en todas, todo es nuevo, la niña respira fuerte, se impacienta. Mueve los ojos, girándolos traviesa, los padres gesticulan una sonrisa y continúan caminando. La lluvia amaina rápidamente. Las nubes apuran el paso, son el telón del comienzo de la tarde. Se descubre un cielo azul celeste, y el aroma de la tierra mojada y acariciada por el sol los inunda a todos, casi que aspiran ese preciado perfume al mismo tiempo. El muchacho todo empapado de felicidad huele el mismo perfume, y al instante siguiente de exhalar, cruza mirada con la niña, sus padres y su muñeca. La pequeña lo mira asombrada, como si acaso lo reconociera, el muchacho le guiña un ojo y le regala una sonrisa payasesca. La música va apoderándose del aire y de la atmósfera del lugar. Algunos vuelven, otros piden una cerveza, mientras los menos piden —café con dos medialunas, por favor, gracias.

La niña le habla a su muñeca —ya casi llegamos, tienes que tener un poco de paciencia. Sus padres ríen en silencio. Sobre el acantilado, una pasarela de cemento les permite poder apreciar el cielo despejándose, abriendo paso a la línea del horizonte; un mar grisáceo y calmo; cuyas olas rompen en parsimoniosas pausas. La espuma que apenas alcanza a despeinarse cuando otra la devora natural, altanera y mecánicamente. El engranaje rítmico, sonoro y apacible de la orilla es la banda de sonido de un atardecer perfumado de calma. Bajan unos escalones, en el último se quitan el calzado; y los pies que por fin tocan la arena, un tanto fría. Así, la imagen vuelve a resolverse plácidamente hasta que la tarde ha empezado a caer, y hay más gente del tren caminando, todos se sienten cansados, pero felices. Unas cuantas gaviotas, como leves y desentendidas pinceladas resuenan, con el último aliento; en el fondo del otra vez anaranjado lienzo del paisaje. Vuela una música en el aire, viene de a pequeñas ráfagas, es un música tibia que te acaricia la cara. La niña danza. El relato termina.


....me colgué con los sueños.

Tengo tan sólo un sueño recurrente. No digo que me gustaría tener acaso más, ni mucho menos aquellos que están ahí en el medio, esos sueños cobardes que no se animan a convertirse finalmente en las pesadillas que amenazan ser; donde uno se despierta con la duda; si lo cuenta o alguien pregunta cuando se lo contamos —fue una pesadilla o un mal sueño?. A nadie le gustaría tener sueños recurrentes así, aunque todos los tengan. El mío ha sido así desde hace varios años, no muchos, pero los suficientes como para reconocerlos. No los recuerdo claramente a todos, sólo recuerdo haberlos soñado, imágenes vagas, como las de todos los sueños. Tiene que ver con olas gigantes. Siempre son olas gigantes que vienen hacia mí, y en el instante en que se me vienen encima, despierto. Como si la resignación a finalmente ahogarme, esa última inspiración que servirá para estar consciente de que te vas a ahogar, hiciera que me falte el aire, y despierte. Aliviado. Y agitado. Y asustado también un poco, confieso.


El de anoche fue más bien de varieté. Había una fiesta a unas cuantas cuadras de mi casa, exactamente nueve, porque reconozco el lugar. Y yo debía ir porque supuestamente estaba en la organización de esa fiesta, que resultaba ser un asado. Cuando salgo, dejo a mi hijo en la casa de sus abuelos tomando una leche, comiendo galletitas. Le doy un beso y le digo que ya vuelvo. Cuando me faltan dos cuadras para llegar, miro hacia atrás y veo que viene caminando detrás……..solo. Casi se me sale el corazón allí nomas, él tiene 6 años. El hecho de que me haya seguido así, de imaginarlo solo, en las esquinas, esperando por cruzar la calle, me aterrorizó. Así que lo abracé aconsejándole que no hiciera esto nunca más, y terminamos las cuadras juntos, de la mano. Cuando llego al lugar, estaba vacío, había mesas hechas con tablones y soportes de hierro, con manteles plásticos bancos con motivos florales rojos, vasos también de plástico, también blancos, pero sin motivos. Mi hijo desaparece de la escena mientras estoy colgado viendo el lugar, recorriéndolo con la mirada.


De pronto estoy subiendo unos escalones, hacia un primero piso en una construcción toda de madera y troncos. Está vacío, es una habitación inmensa. Salgo al balcón, que parece venirse abajo, se siente como cruje la madera al pisar, esa sensación de que en cualquier momento te venís abajo. Me apoyo en la baranda, es un tronco de unos 10cm de diámetro, apenas descascarado. Levanto la vista y es un balcón que está en el medio del mar. El mar es negro. Enteramente, ni siquiera el pequeño oleaje dibuja un mísera espuma blanca, nada!. Y la superficie comienza lentamente a levantarse. Una primera oleada, ese movimiento superficial, como una bestia acechando, acercándose a su presa; me sorprende y me asusta al llegar hasta mis pies. Luego viene otro detrás, es como una pared de agua, siempre negra, que se levanta ante mis ojos, son oleadas que se levantan muy lentamente, y se van acercando, amenazantes, como si me observaran así; como si tuvieran vida propia y atentaran contra la mía. Hay una tercera que se eleva al punto de mirarla casi mirando el cielo, siento la inevitabilidad, está a unos metros; y como siempre en estos sueños, no me muevo…..me quedo absolutamente quieto. No porque no pueda, si no porque me hipnotiza el movimiento y la fuerza del agua elevándose. Me quedo absorto, no puedo dejar de mirar!, cual morbo.


Pero esta vez no me despierto!, corro hacia el costado, regresando mis pasos, y cierro la puerta por donde había salido al balcón. Una vez cerrada la puerta, el mar, las olas, el miedo, habían desaparecido. Estoy pasando la puerta, respirando agitadamente, aliviado, pero asustado. Como perdido en los pensamientos, bajo y me regreso. Cuando salgo está oscuro. Muy oscuro. Demasiado. Y comienzo a caminar, pero ya no es el camino de vuelta. Es un camino rural, en medio del campo. Cómo lo se?, porque mi mirada, cuando veo, mis ojos…..alumbran cual si fueran luces de un auto, pero voy caminando, lo se. De hecho, hasta pienso en el sueño —qué loco, está buenísimo esto. Cuando sale un perro negro con las patas marrones, a ladrarme, y ese es el susto que me despierta.

..me acordé de un juego de mi infancia.

Es un cerezo. Está enfrente de un ventana muy grande que una vez rompimos con mi hermano jugando a la pelota y mi Vieja nos recagó a pedos. Adentro de la casa, unos sillones enfrentados, puestos contra la pared, en el medio, una mesita de madera barnizada; y apenas más allá una mesa redonda negra con seis sillas en derredor. Allí está mi Viejo sentado, jugando con un escarbadientes, mirando un poco de televisión. Mi Vieja está en uno de los sillones, sentada con los brazos cruzados, durmiendo. Yo estoy sentado en el árbol, mi Viejo me mira, y se sonríe. Han de ser las tres de la tarde.

Recogí durante algunos días, en mi casa y por el barrio y donde sea donde me acordara de mirar y buscar; chapitas. De gaseosa, de cerveza, de lo que sea que fuera interesante. Me metía las que encontraba en los bolsillos apenas sacudiéndoles un poco la tierra, y cuando llegaba a casa, antes de entrar, debía sacarme toda la tierra de los bolsillos, con la mirada atenta de mi Vieja meneando la cabeza, sonriendo y preguntándome para qué tenía esas chapitas en el bolsillo —las necesito!, Mamá!.

Encontré entre chatarra que mi Viejo y el marido de mi hermana más grande solían juntar sin ningún tipo de necesidad en varios sectores del amplio terreno donde vivíamos con mi familia (al marido de mi hermana le gustaban las motos, corrió algunas carreras, tiene unas hermosas fotos en sepia de él saltando), mi Viejo encontraba cosas en el camino de vuelta del trabajo, y si encontraba algo interesante que decía que le podía servir "para algo", se lo traía; así es que había de todo por el patio. Así fue que encontré una palanca de cambio de un camión, con una bocha azul muy gastada, picada, áspera. La guardé en un lugar especial, detrás de un galpón (también lleno de cosas innecesarias). Luego algunas partes de paneles frontales de autos y chapas extrañas, como tapas de algo; que también encontré en búsquedas inesperadas por baldíos del barrio, o en casa de amigos.

Comencé a clavar con clavitos de 1cm las chapitas al árbol. El árbol tiene un tronco, obviamente; y a la mitad le sale una rama muy gruesa hacia un costado, que sube y se ramifica en otras dos, todo de manera curvada; como de naturaleza fluyendo. En el punto de ramificación tenía un lugar donde uno podía sentarse, y luego otra rama más pequeña subía y se podía apoyar la espalda. Yo me sentaba allí y tenía el tronco del árbol mismo enfrente. Justo a la altura de la vista, el grosor del tronco disminuía y brotaban pequeñas ramas hacia arriba, todo lleno de hojas, esas hojas largas colgantes que tienen los cerezos. En ese tronco comencé a clavar con clavitos de 1cm las chapitas de gaseosa y de cerveza. En grupitos de a tres, otros de a dos. Si tenía una chapita más grande que el resto la clavaba sola, donde se distinguiera. Puse un montón. Pobre árbol, estarán pensando en este momento....lo se, en esa época, poco se hablaba y se sabía....

Luego puse como pude la palanca de cambio del camión. Le hice un agujero al final (con ayuda de mi Viejo) y le crucé alambre por ese agujero y la até con alambre en derredor del tronco, de tal manera que me pudiera sentar en el árbol y sostuviera la palanca por la bocha con mi mano derecha. Puse también dos maderas a los costados, como si fueran dos pedales, para sostenerme y no me doliera tanto el quetejedi al estar sentado tanto rato (después mi Vieja me prestó un almohadón). Yo estaba, obviamente, sentado piloteando un helicóptero. El Airwolf, para ser más exacto.

Pasaba largos ratos allí. Piloteando mi helicóptero. Hasta tarareaba a veces el tema de la serie. Realizaba peligrosas misiones que iba imaginando a medida que se me iban ocurriendo; tenía diálogos (en voz alta) con el copiloto invisible que llevaba atrás, con otro compañero en tierra, desde una base de control que me mantenía informado con un radar. Tenía ametralladoras que comandaba desde la bocha de la palanca del camión y misiles que lanzaba presionando las chapitas de cerveza y gasesosa. De veras que podía pasarme ratos enteros allí arriba. Si pasaba alguien, como mis herman@s; no me decían nada; para ellos era lo más natural del mundo verme allí arriba hablando solo y haciendo sonidos de disparos de misiles y enormes explosiones.

A mí me ha resultado imposible perder ese tipo de imaginación. Y más aún, me niego a perderla. No porque quiera, pero lo digo porque uno se va volviendo grande y la pérdida de la imaginación, de la capacidad de juego; es directamente proporcional a la velocidad y a la vertiginosidad de nuestro crecimiento, y todos los hechos que como adulto nos acontecen. Yo he llevado mi imaginación como bandera en la adolescencia luego y siempre, a través de la lectura. Luego a través de esa lectura la llevé hacia la escritura. Y así. La cadena es y debería ser interminable, usar la imaginación en cada detalle de nuestra corta vida. El último cielo hasta ahora, donde flamea más viva que nunca esta bandera, es la fotografía. Un cielo donde el azul celeste de la escritura hace que todo luzca pleno; con el sol de la lectura brillando, siempre intenso.


lunes, 22 de julio de 2013

Negociando....

Colgué a ver El Precio de la Historia, un programa de History Channel que está paradójicamente, devaluado; para mí. Pero, como siempre sucede, como casi nunca hay nadie interesante para ver en la TV cuando el mundo se apaga, ahí colgué. Y había una mina que hablaba que tenía una cocina....no recuerdo el nombre ni el modelo de la cocina, pero ella explicaba que era muy antigua y que esperaba sacar unos 3000 dólares. Cuadro siguiente: están dos de los tipos que aparecen en el programa, negociando. Uno de ellos explica un poco, la cocina es en realidad un hallazgo; es una de las primeras cocinas que fueron hechas para utlizar con gas y al mismo tiempo eléctricas!. De hecho, la cocina tenía además, un visor para desde arriba lo que está cocinando en el horno.....la verdad, se veía espectacular la cocina, yo quise una al toque.




Y comienza la negociación: el tipo le pregunta (como siempre sucede) si la quiere vender o qué y cuánto pide por ella. La mina dice obviamente —3000 dólares. El gordo hace una cara rara (que lo dice todo antes de decir nada)....hay un breve silencio antes de decirle —yo estaba pensando en unos 800 dólares. La mina se espanta y pide 2800. A lo que el tipo explica: es una buena pieza, pero el mercado para esta pieza no es muy grande (pienso que tiene razón), entonces no la va a vender por mucho, por lo que no debería pagar entonces mucho por ella. Y ahí es donde tomo mi lápiz, enciendo el velador y escribo en mi libreta de anotaciones:


Los contrapesos de la lógica = negociar (la capacidad de comprensión escondida) entendimiento por posible desconocimiento (auto) privación de la libertad de pensamiento


Como para mañana (anoche pensaba eso) escribir una entrada al respecto. Pero como verán, ordenar eso que acabo de escribir, puede que se me complique un poco. Con lo cual me lleva a pensar en otra cosa, en cómo uno funciona de otra manera cuando fuma. En mi caso, como bien adivinarán, me gusta; me gusta pensar cuando estoy loco.

Porque las lógicas a las que me refería era a la de cada uno de los negociantes. La mina tenía su propia lógica, su propia idea: que su cocina era única, ella le daba un valor muy superior al de cualquiera. Mas allá del valor económico que imaginaba, estaba además también, el valor sentimental; que tanto tiene que ver intuyo con el económico, porque despegarse de un objeto así es lo que hace que se tase. Y luego la del tipo, que como explicó: no pude comprar algo muy caro si lo va a vender a bajo precio; la idea no es perder dinero, si no ganarlo, obviamente. La mina al final desiste, tal vez piensa que los tipos la quieren timar; pero noto en los dos chabones algo de lógica, valga la rebuznancia.

Descubro la capacidad de comprensión escondida, cuando se pueden ver los dos puntos de vista de cada uno, cosa que es bastante difícil cuando se trata de una discusión, por ejemplo; porque siempre que estamos discutiendo estamos intentando hacer valer un punto de vista, sin pensar demasiado en el del otro. Si pudiéramos tener un momento de lucidez para ver al otro, tal vez nos evitaríamos muchas discusiones....tal vez. Suena tan utópico como improbable, lo se. Pero el desconocimiento es el punto donde nos desencontramos; en la auto-privación de la libertad de pensamiento; de ponernos en el lugar del otro y discutir desde ese lugar con nosotros mismos, y sopesar los contrapesos de las lógicas para ser lo más justos posibles, con el otro y con nosotros mismos claros.

Fá!, dan ganas de fumarse otro.

viernes, 5 de julio de 2013

....ví un verdadero juego.

...porque este muchacho Messi había organizado un partido amistoso conjuntamente con su amigo Neymar; cada uno había llamado y llevado amigotes (como se hacía en el rioba antes) y se juntaron en Perú a jugar un rato, a beneficio (de qué o de quién, no se, no lo dijeron y yo no me interesé). La cosa es que tenía unas tuquitas por allí, y había estado un par de semanas enfermo, así que, no había fumado nada. Pero de pronto me sentía mejor, así que le entré. Y mientras, pasaba los canales. Nada, como siempre. Después de la primer tuquita, me siento feliz, creo que lo poco que me queda de enfermedad, me lo curo allí, nomás del estado de ánimo.

Y engancho el partido. Van como 10/15 minutos, y me pega. Hace mucho que no miro fútbol, pienso. Porque me aburrió el fútbol, por dos cosas. Una: porque ya no se juega al fútbol, es un deporte que implica un negocio detrás y si bien, es obvio como en todo juego, todos queremos ganar; en el fútbol ganar es la premisa, a toda costa.....nunca escucharon después del término de uno?, mientras se los entrevista a los jugadores, (todos con el mismo discurso además!)...— "no jugamos bien, pero se ganó". A mí, eso, me indignaba, che. Los jugadores son ya atletas, un poco por eso también, el fútbol ha pasado a ser un deporte, de táctica y fuerza, de aguante sobretodo, quien aguanta más sin que les hagan goles. Triste, todos tienen más miedo de perder que ganas de ganar. Y dos: porque me cansé de ser hincha, de verdad. Uno es hincha, y debe ejercer como tal, con los amigos, obviamente, acá ni vamos a la cancha del equipo que somos hinchas, porque vivimos casi a 2000km de donde juegan. Y ese ejercicio de ser hincha, me rompió las pelotas, me aburrió...la gastada, la dialéctica borracha, una pérdida de tiempo —hablemos de otra cosa, muchachos.


Ya me pegó de veras. Reconozco sí confieso, a algunos de los que juegan con Messi. Me cuelgo a ver el juego, y a los 5 minutos ya estoy encantado. Por qué?, porque están jugando al fútbol. No hay presión, no hay nada sólo el hecho de divertirse...jugando. El alma del fútbol, donde comenzó todo. O no se acuerdan de lo que se siente verdaderamente jugar al fútbol?, no tiene nada que ver con ser malo o bueno, porque en el fondo, si el malo o el bueno están enamorados del juego, son lo mismo. Y estos muchachos están jugando, tocan, se mueven (claro que no hay agresión....claro que eso cuenta) pero las marcas son escasas. Como sea, puedo ver luego de un rato, y casi emocionarme, jugar al fútbol, porque más allá de los jugadores, de su calidad, como dice la frase, uno ve jugar al fútbol, el juego mismo desarrollándose...., y eso es una belleza.

No me vengan con las discusiones típicas de un asado, con un tinto en la mano, sobre todas las vicisitudes de un porqué un partido amistoso no es un partido de fútbol y que si te meten terrible caño te re calentás y lo atendás mal después....yo eso ya lo sé, yo eso ya lo hice y bla bla bla. Pasa que creo que ya nadie se acuerda de jugar, se perdió la pureza, como en casi todo.