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domingo, 2 de agosto de 2020

La Otredad Digital

¿Los grupos de whatsapp son ya materia de estudio sociológico? ¡Cómo me gustaría echarles un vistazo!. La manera que tenemos de relacionarnos con el otro —con la otredad digital— tiene que habernos impactado y cambiado profundamente y, sobre todo, durante esta pandemia. Me interesa el costado ¿negativo?: creo que sentimos una mayor libertad (¿o impunidad?) para reaccionar de manera casi totalmente desinhibida a aquello que leemos o escuchamos. En los grupos, en particular, suele darse el hecho de que no todos quienes participan tienen la suerte o el desagrado de conocerse entre sí de manera física, personal. Y cuando hablo de conocerse me refiero también a aquellas personas que tienen un trato quizás estrictamente profesional o vago. Esto hace que la idea que nos hacemos de esas personas que no conocemos surge exclusivamente, no sólo de sus dichos, sino por la manera en que estos los expresan. Es decir, ¿escribimos como hablamos? ¿Cómo se organiza nuestra manera de expresarnos digitalmente en la mente? Tengo la penosa sensacion de que poco a poco nos vamos volviendo más reaccionarios; y posiblemente más agresivos en algunos casos, intolerantes en definitiva; consciente e inconscientemente perdemos el pudor o el respeto cuando no nos enfrentamos a la mirada de nuestro interlocutor, sobre todo cuando en estos grupos se tratan temas que incumben de una u otra manera a todos. Es en realidad la ausencia lo que nos interpela, nuestra propia representación del otro; nos relacionamos con esa especie de yo y le atribuimos la personalidad que la forma de sus textos y su gramática nos permiten, pero siempre desde la perspectiva constructiva de nuestra comunicación emocional. Claro que existe un consenso tácito en cuanto a la construcción de mensajes de texto y la capacidad de dilucidar a través de la comprensión social de la palabra escrita lo que el otro quiere o intenta expresar a través de un dispositivo de mensajería digital, pero muchas veces avalar y cubrir este consenso, cuesta; lo digitial es politico, y como político, difícil de consensuar. La falta de empatía se nutre de esta ausencia de lo interpelante. Las normas de expresión digital que nos hemos formado pueden diferir diametralmente con las del otro y esto genera una rispidez espontánea; y esta rispidez, a su vez, activa mecanismos de cimentación de la identidad del otro, de esa otredad digital. Asumimos un posible carácter, líneas de pensamiento, pasados factibles, y los asumimos, además; de manera condenatoria. La falta de empatía es uno de nuestros mayores males. En todo caso, la relación yace y se manifiesta sólo en lo personal. Nadie en su sano juicio correrá a interpelar luego en lo social a quien en la privacidad y por la impunidad que nos da la digitalidad, ha juzgado —valga la redundancia— de manera condenatoria.


viernes, 10 de julio de 2020

Magma Disociado

La grieta que nos surca política y socialmente no es más que el reflejo concreto del magma disociado del que estamos hechos. Somos seres en constante ebullición, en constante puja de poderes, una connivencia maliciosa y en equilibrado caos que se manifiesta con una intermitencia y una repentización totalmente azarosa e indescifrable. Corren hermanadas por nuestras venas una pólvora peligrosísima y una empatía y solidaridad por el otro regidas por la mismas reglas del paralelismo matemático. El grado de peligrosidad y empatía son intrínsecamente proporcionales a millones de causas, situaciones o pretextos, imposibles de aunar ante cualquier atisbo de suposición o explicación de modo tal de intentar dar con razones profundas para propuestas igual de profundas en lo esperanzador desde un plano moral y espiritual puramente subjetivo; se mantienen a una distancia equidistante una de otra, aunque infinitas, jamás se cruzarán entre sí. 



viernes, 22 de marzo de 2019

Autumn is coming...

        
        El verano definitivamente nos ha abandonado, la luz ha dejado de mostrarse con esa calidez que se percibe fácilmente no bien uno se asoma por la ventana por las mañanas de enero y febrero último. También han regresado los horarios de trabajo, por lo que el tiempo —o la percepción del tiempo mejor dicho— ya es otro; nunca ha dejado de parecerme fascinante como las horas se transforman, mutan cuando uno momentáneamente se libra de ciertas responsabilidades. Y cuando vuelven. Porque ya es marzo. Pronto comenzará el período lectivo incluso y las horas volverán a cambiar una vez más, alterando también otra vez, la percepción del tiempo. Ha regresado también el viento. No sólo por el cambio próximo de estación, sino por la geografía del lugar que habito, el viento por aquí es un asiduo visitante (me gusta dejar los ambientes en silencio cuando sopla, al menos, de forma respetuosa) y da la casualidad acaso de que en la ciudad, al menos los sitios que frecuento, hay muchos álamos; y en la combinación perfecta producto de la frondosidad y altura, el sonido que produce el efecto del viento es muy relajante, una suerte de inhalación y exhalación; es un sonido muy peculiar, nostalgioso. Y es que tengo recuerdos de mi niñez directamente asociados a esos árboles. Hace muchos años atrás, había muchas más arboledas de las que hoy subsisten hoy en la ciudad. Camino de regreso de la escuela, solía hacerlo por unas calles que todavía hoy circundan un predio gigantesco perteneciente a la municipalidad que estaban repletas de álamos a lo largo de sus veredas, uno al lado del otro, separados por apenas dos o tres metros entre sí. Disfrutaba muchísimo pasar por allí pateando el grueso colchón de hojas que se formaba; el ruido, levemente ensordecedor por momentos, era maravilloso, como así también la sensación. Pero también cuando había viento y me detenía unos momentos a escuchar ese siseo acompasado, como un arrullo; con la vista clavada a 90 grados viendo como se mecían cansinamente. Es el mismo arrullo que escucho en mi casa cuando estoy solo, y me quedo en silencio leyendo, cocinando o navegando por internet, ya que en el patio hay un álamo, uno solo, pero es gigante; y también ahora mientras escribo en el trabajo, también en silencio, escuchando la alameda que está a unos 80 metros de mi ventana. Es que hay mucho viento y llueve, es marzo y el verano, como dije, definitivamente nos ha abandonado. Se ve que los cambios de estaciones de alguna forma nos alertan, nos predisponen. Hay que comenzar a abrigarse, a empezar calefaccionar la casa después de tomarse unos mates tipo 6 para que no esté tan fría por la noche y a la mañana siguiente. La luz es diferente, todo se vuelve tan gris; cada tanto surgen oasis celestes con pinceladas rosáceas pero no son más que vestigios que rápidamente son devorados por esas grandes extensiones oscuras que traen la lluvia desde el oeste. Y si esos oasis tienen la valentía de prevalecer estoicos hasta que las gotas empiezan a caer, se puede tener la suerte de presenciar la formación de un arco iris; ese espectro que nos revela cada tanto el misterio de la coloridad. Es un anuncio también, todo está cambiando nuevamente, como todos los años, salvo que no todos los años son los mismos, y con ellos, nosotros, descubriendo silenciosamente las ganas de escribir sobre ello.



domingo, 27 de enero de 2019

¿Existe la Belleza?

    Existe una perspectiva de la belleza que está relacionada estrictamente con las formas y cómo cultural e intrínsecamente estamos relacionados con esa perspectiva de las formas. Me refiero a las formas como estética corporal, una estética que ha sido incorporada  —y que es constantemente bombardeada y moldeada— en el inconsciente por las grandes marcas a través de la publicidad. Lo bello tiene que ver con lo inmaculado, con la perfección, con las curvaturas de proporciones armoniosas de cuerpos arbitrariamente seleccionados que invisibilizan la diversidad de lo humano en cuanto a su real estructura física. Esto genera además un inconformismo peligrosamente indigerible en muchos aquellos que sienten que sus cuerpos están por fuera de esos parámetros creados pura y exclusivamente para excluir e inconformar. ¿Qué es bello? ¿Qué es feo? ¿Qué es la belleza? ¿Qué es la fealdad? Si bien definir los parámetros de lo bello y lo feo es construir mecanismos de exclusión, estamos tan habituados a concebir subjetivamente estos mecanismos que son los que inevitablemente utilizamos como instrumento de sesgo, de confirmación, de aceptación; consciente e inconscientemente. 

La aceptación, como dilema disparador, es una puja entre ese consenso social de lo bello y lo feo con la contemplación de nuestra propia apariencia; ni siquiera nosotros mismos podemos escapar de esa indagatoria: ¿soy lindo? ¿soy feo? El dilema es, en realidad, el hecho sustancial del surgimiento de la propia indagatoria en sí, el por qué debemos sentir esa, en definitiva, disociación. Hay una frase que nunca he dejado de recordar y que incluso muchas veces he tenido la posibilidad de mencionarla en voz alta en determinadas ocasiones: la belleza vive en los ojos de quien la ve. Y nosotros nos vemos diariamente, si bien quizás solamente el tiempo que nos lleva estar frente al espejo cuando la ocasión así lo requiera, nos vemos; y esa imagen que vemos, distorsionada por la acción misma del espejo además, es la imagen que de una u otra manera sometemos al juicio que invisiblemente plantea la industria del comercio relacionada con la belleza. Por lo que, si existe una indagatoria, lo más probable es que exista una respuesta. Y esa respuesta, sea cual sea, va a ser determinante para la concepción y construcción de nuestro pensamiento amoroso, y en consecuencia, social.


Es imposible definir lo que es bello cuando lo que nos define a nosotros mismos es la diversidad; o en tal caso, la belleza es la diversidad misma. Y la forma única en que los seres humanos encontramos esa belleza, esa diversidad, en determinadas formas, en determinadas personas es lo que nos define en nuestra manera de relacionarnos. ¿Qué es lo que nos atrae del otro? Hay una respuesta para esa pregunta como por cada ser humano que existe en este mundo. La atracción —física en este caso— es el primer contacto con lo que consideramos bello. Es una imagen que se siente. Si cada ser humano está capacitado para sentir esta forma de atracción única con respecto a otro ser humano, ¿por qué debemos mutilar ese sentimiento, estructurarlo para convertirlo en plusvalía con la triste consecuencia de generar segmentación y disconformidad en la intersubjetividad de las personas? Si siempre hay un roto para un descocido. La belleza es también equilibrio. Porque la atracción física lleva a la atracción espiritual, también parte de la belleza. Los rasgos que difieran de las normas estereotipadas poco valor tendrán una vez que el umbral de la emotividad haya sido cruzado. La atracción —espiritual en este caso— se puede producir tan sólo por el sonido de una voz. Sólo escuchar una voz puede traspasar, y hasta derribar todos los parámetros preestablecidos. Es esa reverberancia en lo más profundo de nuestro ser la que nos hace sentir belleza, la que nos hace encontrar la belleza en el otro. Esto es equilibrio. Porque la mente no puede dejar de disociar entre lo bello y lo feo entre todo lo que ve, la dualidad está indefectiblemente relacionada con la manera de concebir el mundo que la rodea. El estado de conciencia está gobernado por el pensamiento binario. Por eso, la belleza es sentir.

Sentimos con los ojos cuando las formas y la proporción de las formas nos producen placer, excitación; y mientras nuestro idaeario de atracción esté menos corrompido por la cantidad de imágenes que se nos presentan como dictamen de lo bello, mayor será nuestro equilibrio a la hora de relacionarnos, no sólo con nosotros mismos, sino con los demás. Es una tarea sumamente difícil, pero una tarea que debemos realizar al fin.

domingo, 13 de enero de 2019

Antagonismo de Soledades Desarraigadas

En estos primeros días del año, mi esposa y mi hijo han tenido la posibilidad de emprender un breve viaje para disfrutar unos días de vacaciones en compañía de sus padres y abuelos respectivamente. Yo me he quedado en parte porque tengo trabajo que hacer en esta época del año y porque, además —debo confesar— no me seduce demasiado la idea de vacacionar en compañía de tantos; prefiero la intimidad de mi mujer y mi hijo. Tengo la idea de que vacacionar significa tomar distancia no sólo de todo, sino de todos, fundamentalmente. 

Así que iba a estar completamente solo en casa durante una semana. La idea, cuanto menos, resultaba bastante atractiva, si bien durante estos días, debía cumplir con mi turno nocturno en el trabajo y tenía que realizar otro tipo de actividad relacionada con el mismo durante las tardes. Sucede que dormir 5/6 horas durante la mañana luego de estar toda la noche despierto produce un efecto de aturdimiento, profundo durante la primera hora luego de que despiertas y que va desvaneciéndose lentamente a medida que las horas transcurren. Pero no sólo eso, el trastorno periódico del sueño produce además de un cierto grado de irritación, un sentimiento de nostalgia que se mezcla peligrosa y sustancialmente con una forma muy particular creo yo de tristeza; esa tristeza crepuscular tan propia de la capitulación de los domingos. Hace algunos años atrás, quedarme solo hubiera sido muy diferente para mí, era motivo para disfrutar de esa soledad repentina. Contrariamente, a estas alturas, ha servido más para reflexionar sobre lo que significa quizás pasar demasiado tiempo conmigo mismo. Reconozco que si el viaje no hubiera coincidido con mi turno de trabajo nocturno quizás mi estado de ánimo hubiera sido completamente diferente; aunque el hecho sólo de mencionarlo en estas líneas me indica un poco lo contrario.

La fluidez rutinaria de los días, expresada en los más mínimos detalles son al parecer una nueva forma de estructura que da fuerte sostén a la regularidad de mi espíritu. Extraño la cotidianeidad. La antigua soledad era la soledad de un hombre que ha quedado en la memoria. La brusca perturbación del orden (que es periódicamente caótico también vale decirlo, debido a la rotación de mis horarios de trabajo) confiere a los días un vacío inevitable. Las ausencias revelan la inmensidad de un espacio por momentos inconfigurable, la necesidad imperiosa de concebir acciones para rellenarlo. Es como si disponer de una gran cantidad de tiempo —el  libertinaje de la habitualidad de los horarios— hiciera que en realidad el tiempo apremie, que me sienta desbordado; se me ocurren mil cosas por y para hacer, con un fingido apuro.


¿Con qué necesidad?, pienso. Soy preso de una contradicción permanente, es un antagonismo silencioso de soledades desarraigadas batallando por asentarse y dejarse ser. Por un lado, me gustaría poder disfrutar de la nada, de hacer nada (hacer nada es en mi caso, tomarse un par de horas para mirar una película, leer algunos capítulos de algún libro: nadas que se pueden hacer tirado cómodo en la cama, básicamente), pero me asalta la angustiosa sensación de estar desaprovechando el tiempo que me han dejado solo. Y por el otro lado, con tantas actividades —larga e inconscientemente postergadas además— la angustia se manifiesta en la preocupación por la falta de tiempo para hacer esas y otras nadas cuando esposa e hijos están presentes, con el vértigo el itinerario que representan las obligaciones de la vida diaria. En ese tire y afloje es donde paso y pasa verdaderamente el tiempo.

Después cuando hayan regresado seguro me lamentaré por no haber hecho tal cosa o tal otra. Me preguntaré por qué no leí Kentukis, la novela de Samanta Schweblin que tanto me había entusiasmado en leer. O quizás no, porque ya habré vuelto resuelto a la bella rutina de ver y estar con mi esposa e hijo, pasar el tiempo con ellos y de intentar hacer ese espacio pequeño para las pequeñas nadas, pero esta vez con un halo de oasis caracterizándolas. Llevo tres días comiendo cualquier cosa y a cualquier hora. La falta de sueño deviene en una falta de energía casi total, hay que hacer un esfuerzo grande para las actividades que generalmente a uno le traen placer, como cocinar. Había imaginado que iba a tomarme un par de días para probar unas recetas nuevas, pero no, desganado, terminaba por armarme unos sánguches y ya. Ese tipo de practicidad de algún modo me molesta. Tenía otra idea, y me había hecho esa idea en un estado de lucidez mucho mejor que el que queda cuando duermes poco y mal. Te lamentas, pero te consuelas convenciéndote de la inevitabilidad del asunto. Y ojo que mientras escribo todavía me quedan un par de días para que regrese mi esposa, pero mañana ya es domingo y el domingo tiene la tristeza crepuscular esa de los domingos y yo estoy escribiendo sobre esa tristeza muy mal dormido a las 2 de la mañana, sabiendo que me acostaré a dormir dentro de cuatro horas recién, con todo lo que eso provocará en mi estado de ánimo dentro de unas 12/14 horas.


Sin embargo, no estoy triste. El asunto es que las horas más conscientes son éstas, me siento más lúcido durante la madrugada, producto de la inversión del sueño. Por eso puedo hablar de lo que me sucede en esas horas aciagas del día; de esa soledad nueva que cuesta asimilar, de ese cúmulo inevitable de contradicciones cuando uno da cuenta de cómo va creciendo y el torbellino de subjetividades atadas a ese reconocimiento plantea nuevas preguntas y nuevas sensaciones. El pensamiento abstracto se reestructura, se aborda el concepto de vejez —referido al inevitable paso diurno y nocturno de los años— desde perspectivas que se renuevan deliberadamente, desde los pequeños detalles que minan nuestra inconstante comodidad hasta la percepción de un yo lejano, que se despide y nos deja solos con este ahora novel sujeto que debe aprender nuevamente a estar solo con su soledad.

viernes, 4 de enero de 2019

La Prisión Subjetiva del Tiempo

En estos primeros días del año he estado husmeando algunos artículos sobre la concepción del tiempo entre oriente y occidente, atraído (o llevado mejor dicho) por la falta de ese buen humor que todos parecieran tener al acabar un año. Es que....no siento que se acabe, yo siento que los días simplemente se suceden, que todo sigue; no tengo un sentimiento pleno de capitulación y de renovada esperanza. Ojalá mi conciencia desarrollara la idea del tiempo de manera más cíclica, pero es todo tan lineal que me provoca cierta angustia. Siempre un origen y el correspondiente y denodado progreso: siempre avanzar hacia algo —siempre mejor. Me agota, me niego a torturarme con esos parámetros de justificación de un eterno sacrificio. Pero subyace una concepción occidental del tiempo que es tan así de esa manera, que es como una suerte de prisión subjetiva, que le vamos a hacer.

Lejos de metas propuestas (des)interesadamente, me limito a vivir según pasen los días. Y es que de cada día a su vez, se pueden construir otras ideas del tiempo, porque uno no siempre se levanta de la misma manera, ni vive las mismas cosas por lo tanto de la misma manera: ¿qué se yo lo que voy a querer hacer dentro de dos meses, a mitad del año o cuándo éste termine?. Demasiado con fantasear con algunas ideas para preparar la cena, en el caso de que pinte una cena. Pero si hay algo que procuro ejercitar, proponiéndomelo más como un deseo, (y no se si) todos los días es la lectura, eso sí. La lectura me produce un sentimiento de desencadenamiento muy satisfactorio: me hace pensar distinto a cada libro, y cada libro me lleva a uno distinto. Andá a saber si los capítulos que leo diariamente no son la medida de mi tiempo, escribo ahora mientras lo pienso.

Mi madre está enferma, pienso también. Tiene un problema pulmonar que paulatinamente hace que vaya deteriorándose su salud, haciendo mella en diferentes partes de su organismo y reverberando en su condición física y mental. Se le va agotando el aire cada día que pasa. Está en su propia casa, yo paso lo más que puedo a verla y ayudarla cuando se levanta y se acuesta sobre todo (parezco confesar con cierta culpa). Pero he allí otra medida de mi tiempo. Un tiempo que está relacionado con la finitud de la vida, de una u otra manera. Porque me confiesa sus ganas de morir, su cansancio de sentirse desposeída de toda vitalidad, de saberse dependiente de otros (aunque esos otros seamos sus hij@s), un tanto avergonzada y con la culpa de trastocar las rutinas diarias de todos. Todos aguardamos sin más ángeles de la guarda que nuestra propia contención familiar un final que se avecina con la incertidumbre total de paso del tiempo y la decrepitud del cuerpo humano. Con palabras, con paciencia, con cariño.

Mi esposa sufre el eco agobiante de la situación, y como ondas expansivas el cansancio a veces nos va haciendo temblar de hastío, y nos chocamos y escupimos nuestro propio cansancio para que el otro vacíe todo ese tósigo que se acumula con las pequeñas frustraciones que provoca la alteración de las más simples cotidianeidades —como preparar todo para empezar a tomar unos mates y no alcanzar ni a cebar al primero— producto de las emergencias. Pero luego están los abrazos, los besos, la complicidad de las bufonadas, el sexo y los mensajitos de amor cuando no estamos en casa y cada uno anda en la suya, o cuando sí podemos tomarnos unos buenos mates y conversar sobre los más diversos temas. La continua y espontánea efervescencia de la pulsión del matrimonio es otra de las medidas de mi tiempo.


Y en el plano subjetivo por excelencia (nótese que libro al término de la palabra prisión) del tiempo está mi hijo. Si la relación con mi esposa significa la pulsión de un tiempo presente, en la contemplación de mi hijo puedo llegar a advertir todas las conjugaciones de sus acciones, en él se significan mi pasado, mi presente y el futuro si acaso existe. La memoria y la previsibilidad se aúnan para sentirse completo, padre y hombre para ser humano, un sentimiento de inconfesable eternidad.

Tampoco son sus años los que se cuentan, sino sus inquietudes y sus alegrías, aquello que lo angustia y lo que lo hace sentir pleno, que cambia tan vertiginosamente además. Su espíritu es su propio tiempo, y la contemplación de ese espíritu es definitiva, la medida de nuestro propio tiempo.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Why so Serious?

Because. Uno creería que el círculo de amigos es un ambiente donde se pueden desarrollar libremente ciertos temas para discutir o conversar; pero no es enteramente mi caso. Hay algunas cuestiones que ciertamente me gustaría casi analizar entre todos cada vez que nos juntamos, a modo de debate, de saber qué piensa o cómo piensan. Pero siento que tal vez la mirada que tengo es demasiado exhaustiva, enfrascado en profundizar comportamientos o situaciones que al resto le importan un pito. No compartimos una cotidianeidad inmediata y mucho menos diaria, apenas semanalmente nos juntamos a jugar un poco al fútbol y muy esporádicamente a comer un asado. La relación más directa que se da es a través de la mensajería instantánea, por whatsapp. Desde donde surgen para mí, nuevas inquietudes con respecto al comportamiento social de cada uno, en algunos casos por ejemplo, el celular les brinda cierta impunidad. Y cuando hablo de impunidad me refiero a que hay relaciones que se dan con el otro a través de la agresión sistemática y diaria, una agresión que dista sobradamente de la violencia física. Confieso que a veces es agotador (y he escuchado a otros sentir lo mismo), pero siendo que es una situación que se da sólo a través de la mensajería instantánea, simplemente con silenciar el grupo o no agarrar el celular alcanza. Pero no dejo de preguntarme: ¿por qué ese tipo de relación de continua agresión? ¿de continua descalificación? A veces he caído yo mismo en el ¿juego?, pero consciente de esto he ido abandonando la dinámica lentamente, preso un poco de las reglas tácitas que se respetan inconscientemente.

La forma de agredirse es la forma que cualquiera que haya estado en un grupo de amigos conoce. Acusaciones cruzadas que resultan ser las mismas para todos y contra todos. Una estupidez total, pero así se dieron las cosas. Y no se si no existe otra forma de que no sean así las cosas; es decir, la forma de agredirse es la forma de relacionarse en sí misma. Y nadie de los agredidos (que eventualmente somos todos) siente que es con una mala intención, porque el "diálogo" siempre se da en un tono de sorna que ha sido socialmente acordado sin ningún tipo de acuerdo sintáctico o verbal. Todo el mundo "sabe" desde qué lugar se dicen las cosas y dónde está el límite. Pero aún así, ¿de dónde sale esa necesidad incluso de relacionarse así? La amistad es un misterio muy profundo. Y si yo quisiera profundizar aún más, caería en un lugar común, donde sería blanco de muchas agresiones y descalificaciones por ello, y que entendería perfectamente, claro está.

Mi esposa dice que me estoy volviendo viejo, cosa que es cierta, refiriéndose con ello a que me estoy poniendo cada vez más rezongón. Es bueno que me lo diga, me hace pensar y verme un poco fuera de mi propia prespectiva. Porque me quejo sí de algunas de esas situaciones que pretendo profundizar con mis amigos, las cuales creo que hablarlas entre nosotros nos llevaría a conocermos mejor y mejorar afectivamente nuestra relación, con todo lo bueno de ello. Coincido aún más en lo de viejo cuando me encuentro reaccionando distinto ante situaciones en particular donde otros tal vez se exasperan o incomodan; hay momentos en que me someto más a la reflexividad antes que a lo sanguíneo; y si eso es ir volviendose viejo, voy en el camino más que correcto, creo. ¿O por qué me hago estas preguntas yo sólo? Ojo, en el fondo se que cuando surja esta charla voy a escuchar cosas muy interesantes de todos y cada uno. Pero la seriedad es una sensación a la que muchos escapan, porque es mucho más fácil y placentero la jovialidad. Ser serio o hablar seriamente sobre ciertas cuestiones está mal visto en una reunión donde todo el mundo asume que es para relajarse, la seriedad tiene mala fama, y el hecho de no practicarla contribuye a evitarla por todos los medios. Porque hablar o ponerse serio está asociado a la negatividad, todo lo "serio"; es lo rutinario, lo que ensombrece, lo que justamente dejamos de lado para juntarnos a comer un asado. Entonces cuando uno se pone serio corre el riesgo de pasarse a ese otro lado, ese lado oscuro. La seriedad está quizás en el medio, ni de un lado ni del otro, o en ambos lados; sólo que la falta de práctica no nos permite comprender lo enriquecedora que es. Yo me pongo serio cuando escribo. 


Y ojalá que con mis amigos encontremos la seriedad que dice Nietzsche.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Crónicas de Internación

Día 1


Habla sola. No alcanza a conciliar verdaderamente el sueño profundo, y jamás lo hará. ¿En qué limbo resonará esta conjunción intentendible de frases y palabras? De un día para el otro prácticamente, el alzheimer que tempranamente le habían diagnosticado hace poco más de un año, y del que apenas había mostrado indicios, de pronto nos golpea como un puñetazo. Nos dice que es lo que ellos llaman "delirio de internación". Pero algo dentro no me cierra.

No alcanza a dormir, decía, y nunca lo hará, siento pesadamente; leo (o descubro) que los enfermos de alzheimer sufren el trastorno de sueño fraccionario, duermen de a ratos; y al parecer pululan en un estado de semiconsciencia cuando se hace la noche, que es cuando su condición se agrava. Cada alguna palabra me remite a alguna escena familiar y trato de imaginarme esa escena, más para no sentirme tan lejos que por otra cosa, pienso mientras lo escribo. Dice nombres. Se enoja. Hace preguntas. Da agunas órdenes. Me ha contado que hace un tiempo atrás había visto a mi Padre, fallecido algunos años atrás. No pude precisar la conversación para que entrara en detalles, sólo me dijo que no le hablaba, pero que le hacía gestos con el rostro, y que ella lo instaba a retirarse. La aparición había sido en su propia habitación, pudo comentar entre los ahogos constantes que le produce su condición: fibrosis pulmonar en etapa terminal. Está débil, le duele todo. Está cansada. No se si es consciente de que su tiempo en esta vida se agota día a día tanto como se le agota el aire para ordenar y desordenar sus pensamientos, con los ojos pesados, vidriosos. Le cuesta mucho hablar, además.

Cada tanto recupera el foco y su centro, ensaya algún chiste y se le alcanza a dibujar la mueca de una sonrisa en su añejado rostro. Las atesoro nadie sabe cuánto. Vuelve a dormirse después de sentarse en la cama y preguntarle a sus fantasmas que ¿qué se puede hacer? Le contesto yo: intenta descansar, Mamá. Le acaricio su cabello desde la frente mientras le acomodo su cánula de oxígeno. Creo que mira y que me ve, está oscuro, son las 4 de la mañana y afuera llueve.

Se despierta rato después y me dice que le falta el aire. Respira agitada, agotada de la vida y de la muerte ya, mientras sigue hablando...


Día 2


Otra vez de noche. Cuando parece dormirse, cuando percibe apenas una fracción de la profundidad del sueño, cuando su mente siente esa caída, un veneno instintivo la despierta intempestivamente; trayéndola de vuelta a un nuevo mundo cada vez, la consciencia produce un destello ínfimo que se refleja en su mirada perdida, resignada, y la indignación furiosa entre dientes: ¿¡qué me pasa?! En ese instante fugaz de lucidez y tristeza me confiesa: nos vamos a volver locos, hijo. Al rato, otra vez, pero ahora se lo ordena a sí misma: no te vuelvas loca, eso no.

Yo me he propuesto no angustiarme más allá de mis propios límites, no quiero que la tristeza sea dañina para mi salud física y espiritual. Pienso en mi esposa y en mi pequeño hijo que sufren no sólo por su suegra y su abuela respectivamente, sino también por cómo reverbera ello en mi estado de ánimo, y quiero evitar ese espiral de angustia y sufrimiento encubierto. Para ello recurro a la memoria emotiva que tengo del largo tiempo que he pasado con mi madre, la remembranza de la cotidianeidad, a los momentos guardados a fuego, esas fotografías vivientes que uno guarda como si los estuviera presenciando de manera astral. Me permite conectarme con su cuerpo enfermo, con su alma rota, pulsionar los rastros de su identidad. Le hago caricias en sus piernas, en sus brazos, en su frente. Tarareo algunas canciones, canto despacito respondiendo o repitiendo la cosas que balbucea. La ternura me salva de la trampa de la tristeza. Y siento que, a pesar de que no lo parece para nada y en ningún momento, responde a las caricias. Tal vez un ritmo más pausado en su respiración, en el tono que habla dormida. Como si los gestos de cariño lucharan contra el veneno de la vigilia en su mente, pero también contra el veneno de la angustia y de la tristeza.


Día 3

Cuando existe esa leve mejoría, la cual no podemos emparentar de ningún modo con ningún tipo de esperanza tomamos real dimensión de los momentos aquellos que hemos sido testigos del sufrimiento ajeno y, de la consecuente angustia personal que conlleva y provoca la impotencia. Existe una suerte de alivio al cual resulta muy tentador entregarse por completo, como una suerte de restauración de la voluntad de permanecer lo más entero posible. El efecto reparador es casi inevitable: respiramos diferente, latimos diferente, palpamos con el alma la angustia aquella para poder sobrellevar la que sabemos próxima. Le damos volumen y sentido al dolor y a toda su metralla expansiva de sentimientos. El cuerpo entonces adquiere memoria, la templanza de un espíritu que va forjándose cada vez más, conscienzudamente.  

martes, 14 de agosto de 2018

Materráticas

De sobremesa, en un asado de un domingo cualquiera escuchando una intensa conversación entre dos mamás, mientras cada una de ellas relataba casi con idéntica sorpresa e indignación cómo frente a sus hijos se encontraban ante una misma problemática escolar. Una de ellas acotaba además, que había recogido a través de reuniones o charlas breves, que la misma situación se presentaba en otras familias. Y es que, al parecer, los padres nos vemos en la necesidad de googlear y ver en YouTube algunos de las tareas que las maestras envían a casa. Esto exige plantear ciertas cuestiones.
 
¿Será que ante la necesidad de completar la planificación a tiempo durante el transcurso del año se carga a los chicos con una cantidad de nuevos conocimientos que les dificulta en mayor o menor medida aprehenderlos de manera concreta?.  ¿Será que la planificación es correcta y es esta generación la que muestra una dificultad antropológica en la construcción de un conocimiento matemático que nuestra propia generación en muchos casos ha olvidado completamente?. En una de las últimas reuniones escolares, donde somos invitados todos los padres pero casi siempre somos muy-muy pocos (un dato no menor), el equipo de enseñanza planteó que los temas se iban a ir dando según lo estipulado y que en clase iban a preguntar al curso completo si todo lo expuesto había sido comprendido; en caso de recibir respuesta positiva, se iba a seguir avanzando hacia el siguiente. Es evidente entonces que, como hace años, en una extraña tradición, nadie (o casi nadie) se anima a ir en contra de la corriente, tal vez por la vergüenza que a su edad implica este pequeño pero tan importante acto. Si todos comprendieran inmediatamente no estaría yo aquí planteándome estas cuestiones.
 
 
¿Se plantearán estas mismas cuestiones los equipos de enseñanza teniendo en cuenta que algunos padres solicitamos reuniones para hacer visible dicha situación?. Porque los niños a la larga y a la corta, se frustran; y esa frustración conlleva a consecutivos problemas de aprendizaje, ya que se arrastran dudas que inevitablemente se potenciarán. ¿En qué medida nosotros los padres tenemos la responsabilidad de complementar lo que nuestros hijos van aprendiendo diariamente de parte de sus maestros?. Huelga decir que debemos seguir su aprendizaje, ayudarlos e incentivarlos; pero ser nosotros quienes terminemos de hacerles comprender lo que comenzaron en clase me parece una problemática no menor. Tácitamente uno delega justamente en la escuela este proceso de aprendizaje, y sentir que las clases no alcanzan y hay que dedicarle un tiempo mucho más extenso que el habitual de acompañamiento genera también una frustración en los adultos. Sobre todo cuando se sabe por testimonios que no es un problema individual.

Y desde allí, nobleza obliga, también debemos poner atención en lo que refiere a la tarea de las maestras. "Explicar procesos, mecanismos y recursos cognitivos que permitean construir conocimiento matemático, adquirir y fortalecer estrategias y procedimientos para la resolución de situaciones o problemas con metas numéricas y en general" frente a un grupo de 30 niños no debe ser una tarea sencilla. En el afán de que nuestros hijos comprendan y vuelvan a clases con la tarea completada y sin poner en conocimiento de esto a las maestras cometemos el error de que ellas mismas den por sentado que el niño efectivamente ha comprendido. Y si a través de la realización de estos trabajos prácticos es que se avanza, la sorpresa será mayor cuando a la hora de realizar una prueba oral o escrita en el establecimiento los resultados difieran notablemente del realizado en el hogar.
 
En consecuencia, no me quedan más que dudas y certezas de lo intrincado del sistema de enseñanza y de aprendizaje. Sobre cual sería el rumbo a tomar respecto de quien o quienes marcan con su capacidad media (tirando a baja) de absorber todo el contenido en un tiempo estipulado para con el resto de los compañeros. Si en pos de completar todo el contenido hay alumnos que se verán rezagados indefectiblemente. Si ante la cantidad de alumnos los seguimientos personales se vuelven casi imposibles, como bien reza el dicho, quienes mucho abarcan, poco aprietan; con lo cual estaríamos ante el abismo indagatorio que genera todo la estructura de los colegios y las escuelas públicas (en mayor medida) con respecto a la capacidad de enseñanza concreta. 
 
Aún así, y ante tamaña problemática, soy verdaderamente consciente sobre el papel fundamental que debemos cumplir como padres, sobre el equilibrio justo que hay que buscar para no deslindar responsabilidades que nos competen desde lo humano y moral hacia la escuela o colegio; que en tal caso son el complemento donde desde lo social el niño o la niña van aprendiendo a sociabilizar y compartir tanto alegrías como inquietudes, frustraciones y todo el abanico de sentimientos que al final de la primaria se hacen presente en lo espiritual al relacionarse con diferentes personas de su misma edad. Hay que estar, y tratar de estar, como sea, en definitiva.


miércoles, 8 de agosto de 2018

Sexting Onírico


Tengo tantas ganas de tu sexo!. 
Tu sexo que es un paisaje onírico donde mi mente se deshace 
y mi cuerpo pierde su forma, donde y hasta cuando 
el último pensamiento pierda su consistencia sentirá trémulo 
la vibración de tus gemidos. 
El pedido hipnótico de penetrarte a través de los más recónditos excesos, 
de nunca abandonar la carne el fantasmal vínculo del cual fuimos 
salvajemente posesos. 
De recorrer todo el territorio de tu cuerpo diáfano con la memoria 
inhóspita y desentendida, 
despojada de las rúbricas de cada día, 
posando los labios en la majestuosa curva que desemboca hacia la brecha íntima, celosa y ahora desprotejida de toda seda. 

Húmeda, latente, enrojecida. 
La boca entrometida, la tensión que ahueca la garganta 
y la sangre que galopa desbordante de travesía; 
éxtasis de lo prohibido, 
lengua voraz que describe con minuciosidad y contenida alevosía 
allí donde el estremecimiento provoca 
toda la letanía del placer.

Amo cómo subsisten en mí los ecos temblorosos de tus suspiros, 
 los jadeos rítmicos y el grito mordido; 
la resonancia sexual que pervierte inevitablemente 
la parsimonia de mis latidos. 
Te quiero coger, ánima mía. 
Quiero alcanzar tu desnudez quitándote la ropa con obstinación, 
pero también con sosiego, con paciente pornografía. 
Descubrir cómo la elasticidad de tus prendas más intimas, 
abandonando sus territorios más prohibidos, 
te abandona a la vulnerabilidad total del nudismo, 
de la excitación, 
de las más osadas fantasías...

El Comienzo de la Era de la e-Lectura


En una de mis últimas excursiones a la librería, en una mesa donde estaban las que parecían ser novedades literarias escuché a dos chicas que se referían a uno de los libros que una de ellas había tomado; una se lo recomendaba a la otra, en realidad. Lo vi recién cuando lo dejaron nuevamente en la mesa y yo me acerqué para chusmearlo, obviamente, porque no me podía quedar con la duda. Era La Bailarina de Auschwitz. Apenas lo miré, no me interesó mucho.

Luego, hace algunos largos días organicé más por insistencia de mi compañera una cena-reunión con motivo de mi cumpleaños. No me gusta la fecha de mi cumpleaños, mucho menos los festejos. Me convenció definitivamente cuando se le ocurrió que podría avisarles a los invitados que iba a colocar una alcancía y que en vez de ponerse en gastos para algún regalo que seguramente no me gustará del todo, les pediría que aportasen una suma de dinero a voluntad que iba a ser destinada toda en su totalidad a la compra de libros. Los libros (me) salen caros. La fiesta de cumpleaños era entonces una cena a beneficio. Propio.

Al siguiente día, luego del festejo, se me ocurrió que en vez de libros podría utilizar el dinero para comprarme un ebook. Por lo que con algunos billetes más, tras una breve búsqueda en internet, adquirí uno. Estuve un par de horas investigándolo y tratando de familiarizarme lo más pronto posible con el sistema operativo y las funciones. Luego de un rato, me dispongo a cargarle un libro. Tengo algunas páginas guardadas en el navegador de antes, cuando probé la lectura electrónica al adquirir hace más de un año un celular de pantalla de 5"; digamos, el tamaño standard para los celulares de hoy. Pero no resultó, aún me parecía pequeño y no lograba concentrarme en la lectura, de esa época guardaba enlaces para la descarga de libros gratis. Así es como husmeando encontré de golpe La Bailarina de Auschwitz. Cabe contar aquí que en este último tiempo al que me vengo refiriendo y en el transcurso de una semana colgué a ver una serie de programas de un documental de la Segunda Guerra Mundial a color; por lo que estaba como embebido de esa atmósfera bélica y horrorosa, y todo era muy reciente además. Así que lo bajé y comencé a leerlo esa misma noche, cuando la batería del ebook estuvo completamente cargada.


El libro está dividido a lo largo de sus capítulos en tres partes. Comienza relatando los hechos que la condujeron a los campos de concentración y lo que vivió en ellos hasta el final de la guerra. Luego, todo el proceso de adaptación en su nueva tierra con su familia y finalmente, cuenta casos particulares de sus pacientes (ella se convirtió en psicóloga). El relato primero, con toda la carga emotiva de los sucesos en los campos de concentración que yo había visto en los documentales hizo que devorara página tras página casi compulsivamente. Lo mismo luego, cuando se establece en EEUU, con todo lo que ello trajo respecto a sensaciones nuevas y viejas y el convivir diario consigo misma. Ya hacia el final, alejado del clima inicial y con los casos en particular, el libro es directamente otro, lo cual me produjo en lo estrictamente personal cierto desencanto, si bien las historias son fuertes (casi todas con finales felices). En fin, acostumbrado yo a leer ensayos, filosofía, política, historia; el cambio de aire fue ameno, pero nada más. Supongo que para quienes gustan de este tipo de lectura, el libro les resultará fantástico. Es cuestión de gustos, y contra gustos, no hay disputa.

Pero emparentada a este libro siempre estará mi primera experiencia con la lectura electrónica. El ebook que me compré no es un kindle, y al parecer, eso ya dice mucho. Como kindle lidera le mercado en ventas, claro, si no compras uno, estás comprando algo que es inferior. Tal vez. No lo se, nunca compré un kindle. El DOOKU es un ebook mucho más barato y ¡posee luz!, algo que si quieres en kindle, pues tienes que comprar el que tiene luz, que es mucho más caro que el que no la tiene, y así y todo sigue siendo mucho más caro que el DOOKU. Al no tener referencia, la comparación inmediata es con el funcionamiento del celular; entonces pareciera que hubiera venido fallado, por su lentitud. Sucede que tiene apenas 512 de RAM y un android del siglo pasado. Pero estoy muy conforme. Es muy práctico, ágil y lo que me ha salido de barato es mucho menos cuando pienso que lo he comprado con dinero que han regalado.


No es difícil adaptarse a la lectura electrónica. Por la practicidad justamente, pasar de página sólo deslizando o presionando apenas con un dedo de un lado o del otro en la pantalla (más botones que también trae) hace que te concentres fácilmente. Es muy liviano y casi como un libro de bolsillo, por lo que al sostenerlo te permite acomodarte como mejor desees y nunca te pesará o te molestará. Si bien el libro de La Bailarina lo lees rápido y a un ritmo galopante, aún me falta leer alguno que contenga la temática que a mí me gusta, que no tienen estructura novelada, lo cual requiere tal vez una atención mucho más intensa, por el contenido además. He realizado mi primer compra de un ebook por internet y ya lo tengo guardado en la memoria, para cuando termine otro que compré ayer, pero en la librería; porque esa costumbre de ir y elegir y pasarse un buen rato entre libros es imposible de perder.

martes, 7 de agosto de 2018

Sobre triunfos, resignaciones y futbolismos extraviados


La escisión social congénita que padecemos es un problema realmente serio (cada tanto). Si bien el antagonismo es condición casi ¿fundamental? para el ejercicio de la política, y con ella el de la democracia; el paisaje de la opinión pública es un vasto desierto de mezquindad teórica.La indignación selectiva, tan ponzoñosa, surca todos los estratos de la cotidianeidad soslayando la profundidad de los temas que nos atañen de manera tan virulenta. Ese paisaje de ideas, además, está intervenido por la constante metralla mediática, un conjunto de empresas de comercialización y entrega de la información diaria acorde a su propia agenda dictada, a su vez, por sus propios intereses económicos; y que buena parte de la sociedad asocia como el discurso real, único y verdadero. El periodismo como tal se nutre de la sustentabilidad que la confianza del público le da, pero el periodismo sufre también una crisis de escisión de la cual no se en qué punto es responsable. Hemos perdido la idea de equilibrio (que alguna vez creímos tener) y el poder se bate a duelo a través de todas las armas de las que dispone como tal: la prensa, las acciones judiciales, la "asociación ilícita" con las grandes empresas devotas del libre mercado y la dolarización del alma. 

La polarización sin los cuestionamientos hacia la raíz abisal produce ceguera crónica. Y el consecuente yugo del pensamiento. Y al parecer, estamos condenados tanto a la ceguera como al yugo; porque la cuestión es pasional como hereditaria y juegan un papel crucial a la hora de plantear una opinión frente a otra que es, obviamente, la contraria; el asunto (el problema) es ante todo, humano, prehistórico. Entonces pensar, y distinto, significa un error. El narcisismo intelectual en todos sus estadios es una introspección interminable, como una espiral de autoflagelo ideológico, una viaje al vacío de un todo radical, un verticalismo peligroso. Carecemos de libertad de opinión porque carecemos de profundización informativa, asumimos por otros las verdades que se nos dan como limosnas y como oro y así también las mentiras; es una tarea rigurosa y ostentosamente difícil poder dilucidar donde está el límite entre lo que se dice, lo que se quiere que se diga y lo que en honor a la objetividad y la transparencia ha sucedido, para poder decir luego, para formar una opinión al respecto. Porque el ciudadano común, el asalariado en su carácter de siempre dependiente, está innmerso en una ignorancia (y a veces lo ignora, o no le interesa) que es tal porque cree que no tiene ningún efecto en su cotidianeidad, que de hecho puede ser (y lo es) tan cierto, hasta que, claro, una situación inestable y ajena se vuelve palpable en el bolsillo y nos preguntamos que carajo está pasando. Y ¿qué carajo está pasando?. La respuesta suele aunar los sentimientos de bronca primero y hartazgo luego, para lograr un repudio generalizado, una homogeneización de la antipatía hacia las figuras políticas en sí, que a su vez sufren un mismo proceso de homogeneización al caer todos en la misma bolsa. Este proceso de homogeneizaciones es parte de un ciclo psicosomático que vuelve a reiniciarse con cada acto electoral, donde además de el ya citado narcisimo intelectual se asocia imprudentemente con la exaltación de la fe, esa fe que nos libera, nos redime y nos vuelve a reciclar para lo que sigue y la rueda del poder vuelve a girar, tal vez en sentido contrario, siempre dependiendo del lugar que se haya elegido.

¿Es la democracia en el sentido político-estructural un negocio cuyos réditos son implacables para quienes lo ostenten con la legitimidad de los votos?. Si estamos resignados a la administración fraudalenta y sistemática de la distribución de todos los ingresos de una nación y eso sólo representa un daño en tanto y en cuanto esos administradores fraudalentos sean los depositarios de nuestra simpatía y admiración, el antagonismo es no sólo el mayor triunfo de la estupidez, sino el de el poder.


viernes, 6 de julio de 2018

Qué cosa los noscritores!



Qué cosa la de ciertos noscritores!, 
se quejan de que no están inspirados para escribir!
se quejan de que no tienen tiempo!
Pero cuando se sientan a escribir un poco
ya no quieren dejar de escribir!
y se vuelven a quejar de que nos les alcanza el tiempo!
Pero se han sentado a escribir.
Que es como matar al tiempo.


miércoles, 21 de febrero de 2018

Electro in-the-pendiente

 
Me llevo muy mal con la electricidad. 
Siempre he preferido las tareas que 
hacen al mantenimiento de un hogar 
que no tengan que ver con ella. 
 
Me produce aversión, 
desde que tengo memoria, 
allá en la adolescencia 
cuando de verdad adolescía 
en las clases en la escuela técnica. 
 
Por más que me esforzaba, un rechazo casi físico 
me impedía aprender los conceptos y la terminología; 
no había ni hay ni habrá manera alguna 
de familiarizarme 
con todo lo que tenga que ver con la electricidad.
 
Y eso sin contar que 
casi siempre me he considerado un verdadero inútil 
para la mano de obra. 
Todo lo que me ha tocado hacer 
siempre ha sido fruto más de 
la intuición 
que de la investigación 
o el aprendizaje. 
O de un tutorial de Youtube.

Gracias. Ya me siento mejor.


lunes, 19 de febrero de 2018

Lo que me jodía era la panza....

Lo que me jodía era la panza, y sobre todo en los partidos de fulbito con los amigos cada jueves: corría dos pelotas y ya no daba más. Si bien todos andamos ya en la misma, a mí me empezó a molestar; y por qué no, a preocuparme. Me empezó a dar vueltas en la cabeza el tema, como siempre cuando algo me sumerje en la perspectiva de la finitud. Hasta los 10 años, vivimos la inconsciente imortalidad ante la atenta mirada de nuestros padres, hasta los 20 la cosa es más o menos igual, pero somos apenas "conscientes" de esa inmortalidad aunque nos llevemos el mundo por delante. De los 20 a los 30 todo puede pasar (antes también), pero ahora somos concientes más de nosotros mismos y uno empieza a observarse hacia al futuro, comienza a percibirse el tiempo de modo lineal. Es una pena eso, pero bueno, nos toca la percepción occidental, que se le va a hacer. Pasados los 30, puede que hayas encontrado alguien con quien pasar ese tiempo, y que tengas hijos, que es el meollo del asunto que me he puesto a vertir aquí. O no, pero bueno, que el escribe soy yo.

Que he pasado los 40, y mi hijo vive su inmortalidad ante mi atenta mirada y la de mi esposa. He perdido a mi padre de un cáncer que padeció durante tres largos años. Mi madre transita sus útimos años debido a otra enfermedad no menos maligna, que se la va a llevar a su debido tiempo. Y en el medio de todo siempre me pregunto: ¿será posible ahora en la mitad de mi vidadonde la esperanza de vida se remonta a los 80 años — si es que me esperanzo tanto en vivir, pueda realmente comenzar a preparar mi cuerpo para que la decrepitud no me ataque tan ferozmente y así poder disfrutar, no sólo de mi vejez, sino de cada década citada de mi hijo?. El futuro, en sí, no existe. Pero eso es hoy, y es muy cierto. ¿Pero si dentro de 30 años estoy arrepentido de no haber hecho lo que estoy haciendo ahora?......... pero, ¿y qué es lo que estoy haciendo ahora?. Pues he comenzado a cuidarme.

Comencé un proceso personal, por ahora, alejado de los consejos médicos; que seguramente ya vendrán. Prefiero por ahora enfocar mi cabeza y mi espíritu en sí mismos. Hace tres meses atrás comencé a salir a correr. Que es un decir, fue simplemente llevar un paso detrás del otro a una velocidad que no me provoque un ataque cardíaco. Aprovechando la tecnología, me ayudo con una aplicación en el celular que mide la distancia, la velocidad y mucha otra data. La primera vez corrí en circulos, en un velódromo, hice 3.28km en 20 minutos. Casi muero. Desde allí fui regulando —con el consejo de mi esposa, quien corre desde hace muchísimo tiempo más que yo— el paso, y aumentando semana a semana la cantidad de kilómetros. Ahora, lo normal es salir y correr 45 minutos, pueden ser 6 o 7 kilometros, depende del lugar. He aprovechado tardes de verano, a la hora del crepúsculo, para llegar a concretar la primer meta que me impuse cuando comencé: 10km.

10 kilómetros fueron los que corrí en una "carrera" en la que supe que me inscribiría al término del primer mes de haber empezar a correr. Fue hace un par de semanas, toda una experiencia. Que me ha motivado a continuar, además. He leído por allí que correr está de moda, que mucha gente está comenzando a hacerlo; y es que una vez que empiezas y te sientes motivado, creo que es difícil dejarlo. Porque tiene un elemento muy simple, te hace sentir bien. De maneras primitivas tal vez. O naturales. Ejercitas el cuerpo, y eso produce cambios, al generar endorfinas. Es inevitable sentirse mejor. Y quieres más. Porque el tiempo no sólo lo percibimos lineal, sino que la línea además es finita. Quieres más porque sabes que darle cierta plenitud a tu cuerpo generará cambios en tu manera de pensar, de ver, de sentir; y que posiblemente haya mucho camino por recorrer, entonces por qué no adecuarse para ese camino, que además nos va a castigar de una u otra manera?, y todo, porque lo que me jodía era la panza. Nada mal, eh. Bueno, la panza todavía sigue allí, ese es otro tema a tratar; mientras tanto, dale que va.


jueves, 11 de enero de 2018

(Des)Orden del Tiempo


Los finales de año suponen un desorden de la idea del tiempo. 
Por un lado, 
aquellos que pueden planean las posibles vacaciones de verano, 
lejos de casa, 
en un sitio más bien caluroso, que tenga mar. 
Por otro lado, 
la cosa todavía no termina, 
hay exámenes finales, y otras cuestiones que se le parecen 
siempre desde la perspectiva de lo terminal.
Uno está yendo y viniendo por las noches,
 o en esos momentos donde la mente se pone en pausa,
se imagina en la playa, y al segundo siguiente 
recuerda el temario del examen de matemática ese lunes. 

Comienzan a apresurarse las ganas de que el año por fin termine; 
por lo que debe finalizar 
y por lo que ¿viene?, 
 el estado de ánimo establece batallas diarias; 
cansancio, ansiedad, un poco de desaliento.

Pero luego han pasado un par de semanas
y todo eso se ha ido bien a la mierda
y tal vez no estás en la playa
pero todo aquello se ha ido a la mierda.

Y en otras semanas más
habrá que empezar todo de nuevo.
El tiempo se ordena, 
que los parió.

Feliz 2018. ¿Feliz?
Bueno, que la órbita elíptica los trate mejor.


domingo, 8 de octubre de 2017

Yo?

Momentos en donde mi yo se desdobla, una situación de una elasticidad metafísica ceremoniosa, donde un pensamiento profundamente pesimista sobre ciertas cuestiones inherentes a la cotidianeidad de los pensamientos y las acciones pareciera ganarle progresivamente a la razón.

Luego una pronta sensación conciliatoria supera ese estiramiento 
y la tensión se equilibra.

Pero hay un placer que en el medio se niega a ser relegado por una simple decisión, 
o por un hartazgo selectivo, si acaso existiera tal tipo de hartazgo. 
O tal placer.

Y hay un sentimiento que es fructífero desde toda perspectiva, pero sin embargo en derredor se manifiestan otros actores que nublan la razón de esos sentimientos.

Para volver a ser yo nuevamente mientras estaciono el auto, por ejemplo.


domingo, 13 de agosto de 2017

Detalles Suspensivos

Sospecho que este año es un año que si el tiempo ha sido gentil conmigo y tenga acaso la lucidez de mirar hacia atrás más adelante, es un punto de inflexión en la reflexión siempre final del paso, justamente, del tiempo. La conciencia, el estado de conciencia de los días y el pasado que en algunos días se hace tan presente como muestra del camino que se transita hasta en los más pequeños detalles. Estaba esperando en el auto cuando sonó el celular y cuando lo saqué para mirar noté cuánto me costó poder leer correctamente, fue un acto instintivo que me sorprendió; y hasta tuve la certeza de que fue algo que sin dudas me había ocurrido con anterioridad, pero que no había dado real cuenta del mismo, como si hubiera estado en un estado de negación. Guardé en el más absoluto silencio la situación durante algunos días hasta que por fin lo comenté, cuando ya había pedido cita con el oftalmólogo. El resultado: presbicia. Ni siquiera había escuchado nombrar alguna vez esa palabra. El tipo me atendió como un verdulero, me despachó brevemente, pero siempre respetuoso. Claro, el asunto de la presbicia es un asunto común, al parecer. En menos de 10 minutos ya tenía en mis manos un papel con el cual debía yo adquirir un par de lentes, el mismo par de lentes que uso ahora mientras escribo. Lo que sí, me tomó casi una hora decidirme por el marco cuando fui a la ótpica. No es una decisión que se ha de tomar a la ligera, creo yo.

La verdad es que pensé que nunca iba a tener que usar lentes. Hasta hace algunos años atrás, mi vista era privilegiada, según un doctor. Pero este otro hizo añicos esa seguridad, y otra verdad es que esto no ha sido una situación que haya suscitado algún tipo de drama. ¿Por qué debería?. Bueno, sí, porque de hecho estoy escribiendo al respecto, dirá usted. O no, que esto no es más que un hecho descriptivo en esta bitácora de viaje. 

Lo que quiero decir es que son los primeros pasos hacia un tiempo nuevo, donde el cuerpo comienza un proceso de decrepitud inevitable, y eso en definitiva, nos da una perspectiva también nueva de todo. Hay una mirada mucho exahustiva cuando uno se pone frente al espejo y algunas señales comienzan a hacerse visibles más en la vorágine de pensamientos que en la fotografía diaria antes de cepillarse los dientes. Esos pequeños brillos que se traducen en pequeñas canas, por ejemplo. Pero es un detalle. Que ni bien lo pones en palabras frente a otros, te das cuenta que eres tal vez el último que lo ha notado. Y comienzas a hacer planes. Porque si todo va bien, todavía falta. Lo jodido es no dejarse llevar por la tristeza. Es el gran desafío, claramente. Lo bueno es que empezar a ponerse viejo trae consigo el peso de lo vivido y ese peso significa firmeza en desveladas horas de introspección; cada vez son menos las dudas y las certezas tienen una cordialidad que parece que te abrazan un poco el alma. Una vez escuché un tipo en la radio que dijo y nunca lo olvidé: la experiencia es un peine que te da la vida cuando te quedás pelado. Puede ser. A veces pienso que me hubiera gustado tener esta nueva facilidad para aprehender nuevos conocimientos cuando fui joven. Es cuando empiezan las preguntas inútiles, el ¿qué hubiera pasado si?. Agraciadamente, cuando por fin comprendes que no hay otro tiempo que importe más que el de hoy, esas preguntas se desvanecen como una música que se aleja, como un texto al que sabes que puedes darle mil vueltas más, pero que debes ponerle un punto final, porque la vida sigue.




sábado, 8 de julio de 2017

Lo que llamamos Cielo

El cielo es la patria y el exilio de los que sueñan.
El consuelo del abismo en la diaria cornisa del mundo
espejo de los suspiros, eco silente de maldiciones, refugio secreto,
un país de emociones que se rebelan en constante cambio.

Vereda vieja, esquina de los anhelos. Somos cielo vos y yo.
Y usted.
 Y aquél.
Y la señora que compra y se queja 
y los pibes que pedalean en bicicletas de algodón en un mar de soledades 
pintado en ólea y ceremoniosa combustión.

El cielo es la matriz de los poetas, 
el paraíso de la ciencia, 
la infantil morada de los conformistas, 
la ecuación de los días, 
la elegancia del velo, nostalgia, inspiración y vuelo.

Es cielo el final de la jornada, el matecito de la mañana,
la complicidad de la madrugada, el desvanecimiento total de las distancias
la infinidad salvaje y descontrolada; 
la risa cordial de Doña Amalia

y el silencio que rompen los zorzales al alba.

martes, 4 de julio de 2017